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viernes, 25 de septiembre de 2015

Escalona y Villamil: gigantes de la provincia


La Fundación Rafael Escalona Martínez invitó al autor de este blog a escribir un artículo sobre la entrañable relación de amistad y colegaje que unió a dos grandes de la cultura popular colombiana. Además, Taryn Escalona, presidenta de esa entidad que realiza un arduo trabajo para preservar la obra del genio creador de páginas inmortales del folclor vallenato, pidió la participación de este periodista cachaco en un ameno conversatorio sobre las músicas del interior y del Valle de Upar en las que Escalona y Villamil son símbolos mayores.

El siguiente artículo fue publicado en Escalona inmortal, magnífico libro en el que auténticas plumas del periodismo nacional como Daniel Samper Pizano, Juan Gossaín, Alberto Salcedo, Daniel Coronell, Juan Manuel López, el expresidente Ernesto Samper Pizano, entre otras personalidades, plantearon diversas miradas sobre la vida del hijo de Patillal.



Las vidas de Rafael Calixto Escalona Martínez y Jorge Augusto Villamil Cordovez se entrecruzaron más de una vez y coincidieron de manera sorprendente pese a la considerable distancia geográfica entre Huila y Cesar, sus entornos culturales diversos y las influencias musicales.

Estos colosos de la música popular, antes que nada, fueron campesinos ilustrados nacidos en familias ricas de provincias marginadas pero afines por elementos vitales como el trabajo, el campo, el ganado, la música y las parrandas. Por supuesto, las mujeres, las frustraciones amorosas, los fracasos empresariales, la política, el gremialismo y el profundo afecto a sus terruños, también marcaron con el mismo sello al dueto de geminianos que nacieron con dos años de diferencia, Escalona en Patillal, cerca de Valledupar, antiguo Magdalena, el 27 de mayo de 1927, y Villamil que llegó a la hacienda del Cedral, jurisdicción de Neiva, en el viejo Tolima Grande, el 6 de junio de 1929.



Ambos eran hijos de hombres influyentes en sus comarcas en las que la política partidista determinaba todo. El padre de Rafael era el coronel Manuel Clemente Escalona Labarcés, hacendado y bravío comandante de huestes liberales del Caribe en la Guerra de los Mil Días. El papá del huilense era Jorge Villamil Ortega, cafetero, godo, sobreviviente de la misma confrontación, perseguido por el régimen de Rafael Reyes y cauchero enemigo de la Casa Arana en el Amazonas.

Los dos partieron muy jóvenes de sus casas para ir a otras ciudades en las que dieron rienda suelta a sus inspiraciones. A comienzos de los 40, Escalona fue enviado a Santa Marta para que hiciera el bachillerato en el famoso Liceo Celedón donde además de aguantar hambre conquistó mujeres, bebió a borbotones e hizo tantos amigos como canciones célebres (El bachiller, El hambre del Liceo y La despedida). Villamil, también obligado, salió del Huila por la misma época para terminar bachillerato en Bogotá y estudiar Medicina. Al contrario de Rafa, sí terminó la secundaria, se convirtió en médico y como Escalona, lejos de su tierra, compuso obras memorables (La Zanquirrucia, Adiós al Huila y El  retorno de José Dolores).



Como buenos artistas fueron malos empresarios. Escalona, un arrocero de poco éxito que ganó algunos pesos en los algodonales, tuvo haciendas como Rosa María y Chapinero y llevó cerdos de contrabando a Venezuela de donde regresó cargado de mercancía ilegal que metió por La Guajira. Fue ingenuo, generoso, botarata y tan ingenuo que muchas veces fue engañado por supuestos amigos a quienes les prestó plata que nunca volvió a ver. El villanuevero, Señor gerente y El chevrolito son pruebas musicales de su condición empresarial.

Villamil nunca le paró bolas a la Vieja hacienda del Cedral ni recogió café como su padre, uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros. En tiempos de la reconciliación con la guerrilla de los años 60 tumbó selva en El Pato y Guayabero y levantó a Andalucía, un predio otorgado por el mismo Estado que después se lo expropió. Su vals La mortaja lo retrata como un hombre desapegado de todo lo material. 

Provincia y política
Escalona, liberal de trapo rojo escarlata como la muleta de un torero, compuso  en 1973 López el pollo, un paseo en homenaje a su íntimo amigo Alfonso López Michelsen que tan pronto llegó a la Presidencia de la República lo nombró cónsul en Colón, Panamá. Allí creó La misión de Rafael y se ganó la confianza del general Omar Torrijos, «el gallo panameño pa’ enfrentárselo a los gringos».

Fue amigo de por lo menos diez presidentes, entre ellos, Gustavo Rojas Pinilla, a quien en 1955 le compuso el paseo El general Rojas, y de Guillermo León Valencia que lo invitó en 1965 al Palacio de San Carlos donde Escalona y un conjunto vallenato protagonizaron una fenomenal parranda que ciertos bogotanos calificaron de «juerga presidencial con músicos costeños». Su lista de amigos poderosos tenía todos los matices ideológicos: Misael Pastrana, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Julio César Turbay, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y Álvaro Uribe. De ellos decía que los llevó al Valle para ‘descachaquizarlos’ y ‘vallenatizarlos’. 


El neivano era un conservador de centro que se movía muy bien en las fragosas aguas de godos y cachiporros. Se hizo amigo de muchos presidentes, desde Mariano Ospina Pérez hasta Álvaro Uribe. A casi todos les aceptó invitaciones y reconocimientos pero no cargos políticos como la Gobernación del Huila, ofrecida por Belisario Betancur, y que declinó porque «el país estaba tan fregado que no  merecía joderlo más metiéndole farándula al Gobierno». Sin embargo, en los años 70 armó una coalición de artistas y deportistas como Los Tolimenses y el médico-entrenador Gabriel Ochoa Uribe para llegar al Congreso de la República pero su chamuscada fue peor que la de los protagonistas de Llamarada.

Así como Escalona le hizo estrofas a Gurropín, López Michelsen, Fabio Lozano Simonelli, Belisario Betancur y Torrijos, Villamil también le metió política a canciones como El barbasco, Llano Grande, El detenido, Sampedreando y El Barcino, en las que nombra a los expresidentes Valencia, López, Pastrana Borrero, Rafael Azuero Manchola, los exministros Cornelio Reyes y Rómulo González y al mismísimo Tirofijo.

Otra cualidad que los identificó fue su papel como promotores y embajadores de Huila y el Cesar. Gran parte de la proyección nacional de sus provincias se les debe a ellos que así como universalizaron sus cantos de provincia, mostraron a cachacos influyentes las bondades de unas tierras ignotas que muchos veían como la prolongación de la miseria y la ‘corronchera’. 


Escalona, acompañado por López Michelsen, la Cacica Consuelo Araújo Molina y Myriam Pupo de Lacouture, fundó en 1968 el Festival de la Leyenda Vallenata. Por su parte, Villamil, aliado con muchos neivanos como Inés García de Durán, Felio Andrade Manrique, Miguel Barreto, José Domingo Liévano, el Cotudo Falla, entre otros, fue uno de los creadores del Festival Nacional del Bambuco en 1961. Estos dos eventos hoy son patrimonio inmaterial de los colombianos.

Escalona y Villamil aprovecharon sus influencias políticas al más alto nivel para darle un vuelco total a Sayco y dignificar el trabajo de los músicos mediante una legislación moderna ―la Ley 23 de 1982― que después de muchos años logró protegerlos de las fauces de las disqueras y los empresarios que como caimanes hambrientos devoraban sus obras. A su lado, entre otros aclamados compositores, lucharon con tesón personajes como Jaime R, Echavarría, José Barros, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José A. Morales y Estercita Forero. Los dos fueron presidentes de su gremio por largos períodos, Jorge entre 1981 y 1987 y Rafael de 1987 a 1991. El primero le entregó la presidencia al segundo y por su impronta en la vida del gremio fueron aclamados por sus colegas que los nombraron presidentes eméritos de su organización.


Amores y desamores
Fueron tan enamorados como parranderos. Muchas de sus canciones hablan de conquistas, celos, rivales y mujeres que los despreciaron y los dejaron viendo chispas. También alcahuetearon conquistas y compusieron canciones a hombres despechados y mujeres enamoradas. Para no hacer larga la lista, de las obras románticas del vallenato sobresalen melodías magníficas como La despedida, La Molinera, Honda herida, La golondrina, La Brasilera. Del huilense basta citar Espumas, Me llevarás en ti, Amor en sombras, Llorando por amor

Estos compadres de verdad puesto que Villamil era padrino de uno de los tantos hijos de Escalona, han sido interpretados por famosos artistas del mundo. A Rafael lo cantan los archifamosos Julio Iglesias y Paloma San Basilio y colombianos de gran renombre como Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Carlos Vives, los Hermanos Zuleta y decenas de conjuntos y solistas del Caribe y ‘Cachaquilandia’. A Jorge también le grabaron luminarias como Javier Solís, Vicente Fernández, Soraya, Frank Pourcel, Nati Mistral, Silva y Villalba, Garzón y Collazos, Los Tolimenses, Isadora y por lo menos dos centenares de variados intérpretes.

Ellos, que componían a puro oído acompañados por su silbido, un tiple o una guitarra que a duras penas rasgueaban porque nunca asistieron a una academia, fueron pésimos cantantes. En su papel de ‘solistas’, se conoce el paseo Nube rosada, grabado por Escalona en sus últimos años con el acordeonero José del Gordo, y cuatro elepés en los que Villamil se las dio de cantautor pese a admitir que su voz se parecía a un graznido. En cambio, sí sobresalieron como formidables cronistas musicales, tal vez los mejores de Colombia, y todo porque en solo tres minutos fueron capaces de convertir episodios pueblerinos o dramas muy personales en admirables historias universales que traspasaron fronteras y llegaron a otras culturas. La custodia de Badillo y El Embajador remarcan su aporte a esta forma de construir memoria a punta de acordeón y tiple.

Coincidencias finales
Durante varios años soportaron con gran discreción y dignidad los agudos padecimientos del cáncer y la diabetes y se convirtieron en pacientes asiduos de la Fundación Santa Fe de Bogotá donde Rafael Calixto, a quien Villamil apodaba Rascalona, falleció el 13 de mayo de 2009. Nueve meses después, el 28 de febrero de 2010, el Bigotón ―chapa que le puso Escalona― Jorge Augusto lo acompañó en su partida luego de haber sido internado en la misma clínica durante más de 15 veces en diez años.

Sus vidas concurrentes y sus temáticas provincianas los unieron antes que separarlos y si bien algunos quisieron enfrentarlos como gallos de pelea para plantear una primacía absurda en la música nacional, ellos tuvieron la grandeza suficiente para evadir las comparaciones y sobrevivir en medio del Oropel farandulero.


Al partir, el Gobierno Nacional expidió decretos de honores, ordenó tres días de duelo y dispuso funerales de Estado reservados solo a las personalidades. Escalona y Villamil ―como si sus vidas fulgurantes estuvieran aparejadas hasta el final― fueron despedidos por multitudes en la Catedral Primada y la Plaza de Bolívar de Bogotá. Los restos de Rafa reposan en Valledupar, mientras que las cenizas de Jorge fueron depositadas en una urna que se exhibe en el museo que lleva su nombre en Neiva.

El mejor resumen de su amistad lo hizo el opita al dedicarle al patillalero los paseos vallenatos Viento y arena, crónica sobre las travesuras amorosas por La Guajira de un famoso compositor que no era otro distinto al mismo Escalona, y Tierra grata, canto que narra una accidentada invitación a Valledupar. Esta composición, grabada por Raúl Brito y Egidio Cuadrado, dice así en sus primeras estrofas:


Yo me fui a Valledupar (bis)
la tierra del acordeón
porque me invitó Escalona (bis)
a conocer su folclor.

Al llegar al aeropuerto
Rafa Escalona no estaba ahí,
lo busqué por todas partes,
por todas partes, más no lo vi.

Pregunté a Pedro García,
a Rita Fernández y Pavajeau:
¿En dónde estará Escalona?
¿No han visto al compositor?

¿Se fue tras La Brasilera
o en busca de un nuevo amor?
O tal vez se fue pa’l Cauca
porque le gusta el temblor.

domingo, 29 de marzo de 2015

50 años de "Los guaduales"


Domingo de Ramos y de guaduas


El Domingo de Ramos de 1965, mientras los católicos conmemoraba la entrada triunfante de Jesús a Jerusalén, en una vereda lejana de Acevedo, al sur del Huila, cerca de la Cueva de Los Guácharos, nació la guabina "Los guaduales", una canción que además de convertirse en símbolo de la ecología, entraña un elemental significado sobre los altibajos del diario vivir. 


Los nariñenses Arteaga y Rosero fueron los primeros 
en grabar Los guaduales.
  
Aunque en 1965 el maestro Jorge Villamil Cordovez creó ocho temas andinos y convirtió en porro la letra presentada por un espontáneo, ese año fue trascendental en su vida artística por el surgimiento de Los guaduales, un éxito rotundo que con los años conserva intacta su aureola de ícono musical colombiano.

Todo comenzó con una invitación a Jorge, Darío Garzón, Eduardo Collazos y otros amigos para visitar la Cueva de los Guácharos, un enigmático sistema de cavernas en el que habitan estas misteriosas aves nocturnas dotadas de una especie de radar natural, muy parecido al sistema de orientación de los murciélagos. Pese a que don Delio Tovar y su hijo Edgar, propietarios de la finca El Rubí —en Acevedo, sur del Huila—llevaban meses insistiendo en su invitación para los días previos a la Semana Santa, el paseo estuvo a punto de fracasar porque Darío y Eduardo cancelaron el viaje argumentando dificultades para su desplazamiento desde Bogotá y actividades artísticas de última hora. El resto de invitados, entre ellos el médico-compositor, se dejaron de perendengues, viajaron en avión desde Bogotá a Neiva, luego tomaron automóvil a Acevedo en donde una ‘chiva’ los llevó hasta San Adolfo, corregimiento en el que una recua de mulas los dejó en su destino final.

En el esplendor de su carrera, Garzón y Collazos 
también llevaron al acetato la entrañable guabina.

Entrada la tarde, disfrutaron desde lo alto el Valle del Suaza, un formidable tapete de todos los verdes del que brotan exóticas variedades silvestres de la orquídea, la flor nacional. El sábado hubo paseo, baño, música, sancocho de gallina a orillas del río Suaza y por la noche, cansados pero sin rendirse, armaron una agradable tertulia campesina abundante en cuentos de la mitología popular y música de la tierra en cuya interpretación, como es de suponer, toda la atención se centró en el compositor.

El viaje a la cueva localizada en inmediaciones del Suaza —vertiente occidental de la cordillera Oriental— quedó para el lunes ya que el domingo algunos invitados bajaron muy temprano hasta Acevedo para asistir a la ceremonia de bendición de los ramos y otros se quedaron en la finca para deleitarse con los matices celestes de las cordilleras, el gris serpenteante del río y las verdes matas de guadua enfiladas en las riberas. El enguayabado maestro duró una, dos o más horas ensimismado con esa vista singular en la que el susurro del follaje era la mejor sinfonía. Todo lo captaba sin decir ni tomar nota de nada: los grandes ventarrones sacudiendo a gigantes verdes como si fueran cometas, los caminos de herradura sepultados por torbellinos de polvo que morían en las nubes y el invierno amenazante tras las montañas.

Rodrigo Silva y Álvaro Villalba también la 
grabaron con Discos Phillips. 

Don Delio, que al mismo tiempo le ponía los últimos aliños al marrano y atizaba el horno de barro para tener listo el asado tan pronto llegara el resto de viajeros, lo interrumpió con sigilo sirviéndole una copa de ginebra con rodajas de limón. Al darse cuenta que no estaba ido, le acercó un taburete de cuero y sin vencer su timidez le pidió: «Maestro, inspírese para cantarle al paisaje». Así ocurrió porque en medio de esa paz que pueden brindar la vida silvestre y el alma transparente de un labriego comenzaron a surgir el tema y la melodía.

El autor, al evocar ese 11 de abril de 1965, Domingo de Ramos y de guaduales, destacaba el decisivo aporte campesino en esta composición:

En ese momento trataba de llover, hacía lluvia y hacía sol, había mucho viento, los guaduales del valle se estremecían y en los caminos se elevaban polvaredas, como remolinos de viento. Entonces yo dije: «Bailan los guaduales» porque de verdad se mecían mucho, pero una viejita que molía café al lado mío en un molino Corona me respondió: «No, doctor, los guaduales no bailan, lloran». Al preguntarle por qué, ella me contestó: «Porque también tienen alma». Y es que los campesinos los veían como si ellos estuvieran vivos o se frotaran, como si hablaran o se amacizaran. En verdad parecía como si todos esos guaduales verdes estuvieran llorando o jugando entre sí y esa apreciación fue definitiva porque cambió totalmente el significado de lo que yo estaba apreciando. En ese momento comencé a silbar y a tararear «Lloran, lloran los guaduales... porque también tienen alma / y los he visto llorando y los he visto llorando / cuando en las tardes los estremece el viento en los valles...»
 
Por supuesto, Emeterio y Felipe, le dieron su toque 
opita a la composición de Villamil.

Pasado el mediodía empezaron a regresar los vecinos de la vereda que habían asistido al oficio religioso. Sus coloridos vestidos domingueros daban vida a los zigzagueantes caminos, mientras en el ambiente se mezclaban los arpegios de pájaros con chirridos de grillos y chicharras que en vez de aturdir, levantaban el espíritu de nativos y extraños. Esa banda sonora amplificada por los rumores del Suaza, motivó aún más el silbido del poeta que tan pronto tuvo claras las primeras estrofas, las garrapateó en una amarillenta hoja escolar facilitada por el dueño de casa, aunque en su interior le quedó la sensación de haber hecho una guabina sin su verso final, esa parte que algunos músicos denominan el remate. Para infortunio suyo, esa incertidumbre no la pudo superar allí mismo porque el proceso compositivo fue interrumpido de un momento a otro por el bullicio de los visitantes, la música de un trío campesino y el inconfundible aroma del asado que invitaba a la mesa. 

En los años 70 el impacto de la canción era tan notorio, 
que boleristas famosos como Alci Acosta y el 
argentino Leo Marini, decidieron llevarla al disco.

  En los primeros días de 1966 Villamil se encontró en un estudio discográfico de Bogotá con Darío Garzón quien todavía lamentaba no haber podido disfrutar el paseo. Entre chistes y chanzas, ambos se enteraron que el dueto nariñense integrado por José Arteaga y Carlos Rosero estaba varado en la misma sala de grabación porque no había encontrado la última canción para un larga duración de doce temas. En ese momento Olga Lucía Ospina, quien hacía poco se había casado con Jorge y lo acompañaba en la reunión, recordó que en algún lugar de su apartamento había «una canción que habla como de guaduas» y sin pensarlo salió a buscar entre carpetas y apuntes empolvados la plana infantil regalada por don Delio en la que aparecía la composición. 

De regreso al estudio la entregaron a Arteaga y Rosero quienes la ensayaron una y otra vez buscando su punto ideal pero sin dejar satisfecho a su dueño que no descalificó la interpretación pero sí la sintió coja, «como si le faltara algo que redondeara la idea nacida en Acevedo». Allí mismo, dando vueltas, silbando, silbando y silbando, como era usual en su proceso creativo, emergió la síntesis requerida el día en que nació la primera parte y con la cual toda la canción adquirió más sentido y un mensaje más redondo.

La versión grabada a las carreras por Arteaga y Rosero no tuvo mayor resonancia y algo parecido sucedió con la que Garzón y Collazos incluyeron en el volumen Me llevarás en ti. En realidad quienes la popularizaron fueron los Hermanos Martínez quienes al interpretarla en la Conferencia Mundial de Orquideología, celebrada en Medellín en abril de 1967 en el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe, la proyectaron como un canto que entrelaza ecología con humanismo. Algunos de los presentes allí contaban que al ser ejecutada por el dueto santandereano todo el auditorio conformado por delegados nacionales y extranjeros se levantó para pedir su repetición.

Una versión moderna, en ritmo de balada, fue la 
del famoso cantante antioqueño Fausto.

«La canción de las guaduas», como cariñosamente la siguió llamando Olga Lucía de Villamil, pegó tanto que en escuelas y colegios la enseñaban dentro de una asignatura obligatoria llamada Música y Canto. Por sus ventas millonarias, Sonolux les otorgó a los Martínez discos de oro y platino y, según su autor, la belleza casi rústica de los instrumentos y el marcado acento de Jaime y Mario hicieron de su versión una de las mejores de las tantas que se han llevado al disco en Colombia y el exterior.

En Argentina, es conocida esta versión del coro 
Sociedad de Canto Harmonie, de San Carlos Sud, 
provinciade Santa Fe.

Tres décadas después, acompañado por el andariego periodista Héctor Mora Pedraza, el autor regresó al paraje en el que nació su célebre composición. Allí encontró que cerca de la finca El Rubí queda una vereda llamada Los guaduales en donde también se estableció una escuela pública que lleva el nombre del músico. Ya no estaban don Delio ni la viejita que molía café cerrero ni el horno de barro para los asados, pero los campesinos de coloridos atuendos siguen yendo religiosamente a batir palmas todos los Domingos de Ramos y los guaduales del Valle del Suaza, como si todos los días fueran una fiesta, siguen su romance a la vera del camino.

El padre de esta guabina la recordaba con especial cariño todos los Domingos de Ramos porque fue el 11 de abril de 1965, primer día de la Semana Santa, cuando brotó la inspiración al disfrutar, absorto, el verde valle del río Suaza. Pasado el tiempo, el protagonista decía que algo místico ocurrió aquella vez porque sin que él ni nadie lo propusiera ni lo programara con anticipación, surgió una feliz coincidencia entre la bendición de los ramos que todos los años conmemora la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén y las matas de guadua que aquel día se mecían en ese paraje como queriendo participar en la trascendental fiesta del cristianismo.

La prestigiosa Coral Armiz y Sine Nomine, 
de Granada, España, también hizo un montaje 
especial de la obra de Villamil.

Aparte de Arteaga y Rosero y los Hermanos Martínez, Los guaduales también figura en grabaciones de Garzón y Collazos, Silva & Villalba, Los Tolimenses, Los Tejada, Héctor y Víctor, Carlos Julio Ramírez, Berenice Chávez, Carmenza Duque, Beatriz Arellano, Carmiña Gallo, Víctor Hugo Ayala, Alci Acosta, Fausto y una indeterminada cantidad de tríos, duetos, estudiantinas y corales. En la modalidad instrumental, entre otros, hay discos de la Orquesta Sinfónica de Moscú, Jaime Llano, Oriol Rangel, Alfredo Rolando Ortiz, Gentil Montaña, Olga Acevedo, David Puerta, Francisco Zapata, Luis Enrique Parra, la Estudiantina Fuentes y Pedro Nel Martínez.
Esta obra colombianísima que llega al medio siglo de existencia este 11 de abril de 2015, aunque no exactamente el Domingo de Ramos, también ha sido montada por corales de alta calidad artística en diferentes países. En Argentina se destaca la versión de la Sociedad de Canto Harmonie, de San Carlos Sud, provincia de Santa Fe, y en España son conocidas las interpretaciones de la Coral Armíz y Sine Nomine, en la provincia de Granada; la Coral Voces del Guadalhorce, en Málaga, y el Orfeón Virgen de la Escalera. En estos cuatro casos las corales le hicieron una pequeña introducción que no corresponde a la versión original de Los guaduales.

   Además de la grabación que el propio Villamil hizo en México con el Mariachi Vargas de Tecalitlán, en la que el término ‘guaduales’ lo sustituyó por la palabra ‘otates’, denominación dada en ese país a esta graminácea (Guadua angustifolia), se conocen grabaciones salseras del venezolano Ray Pérez y del puertorriqueño Chamaco Rivera.
 
Chamaco Rivera, uno de los grandes de la salsa de 
Puerto Rico, hizo su particilar versión de la guabina opita.

En Huila y otras regiones de Colombia, la expresión Los guaduales superó su connotación musical, ecológica y de elemental filosofía popular para darle el nombre a barrios, veredas, escuelas, casetas, tiendas, tertuliaderos, conjuntos residenciales, edificios, centros comerciales, clubes y hasta vagabundeaderos.

La letra original, especialmente la palabra 'mirarse',  que de manera equivocada algunos intérpretes han cambiado por el término 'tirarse', es la que se transcribe a continuación, de conformidad con los archivos existentes en Sayco. El propio maestro al grabarla en su voz con el Mariachi Vargas de Tecalitlán, en 1969, utilizó la expresión el término tal como aquí aparece.   
 
Los guaduales
Guabina

Lloran...
lloran los guaduales
porque también tienen alma.

Y los he visto llorando
y los he visto llorando
cuando en las tardes los estremece
el viento, en los valles.

Lloran...
lloran los guaduales
porque también tienen alma.

Y los he visto llorando
y los he visto llorando
cuando en las tardes los estremece
el viento en los valles.

También los he visto alegres,
y entrelazados, mirarse al río;
danzar al agreste canto
que dan las mirlas y las cigarras.

O envueltos en polvaredas
que se levantan en los caminos,
caminos que azota el viento
al paso alegre del campesino.

También los he visto alegres,
y entrelazados, mirarse al río;
danzar al agreste canto
que dan las mirlas y las cigarras.

O envueltos en polvaredas
que se levantan en los caminos,
caminos que azota el viento
al paso alegre del campesino.

Y todos vamos llorando
o cantando por la vida:
somos como los guaduales
a la vera del camino.






martes, 23 de diciembre de 2014

Dos policías, los protagonistas del villancico "Campanas de Navidad"

Campanas de Navidad, el bambuco sanjuanero compuesto por el maestro Jorge Villamil en 1958 fue creado a partir de dos historias diferentes pero ocurridas el mismo día en Bogotá. 40 años después, el maestro contó cómo en sus primeros días en calidad de médico halló a los protagonistas que le sirvieron para componer una sentida melodía que muestra dos caras opuestas de la Navidad. Los personajes: un modesto policía y un alto oficial de esa institución.


   Escuche una de las primeras versiones de Campanas de Navidad 
en las voces de Garzón y Collazos.


Este villancico en ritmo de sanjuanero muestra las contradicciones de la Navidad. Por un lado, la tristeza de quienes padecen algún dolor del cuerpo o el alma y por otro, la actitud de quienes entienden la llegada del Niño Dios como un motivo para la opulencia.

Su composición comenzó la noche del 24 de diciembre de 1957 con una llamada al servicio de medicina domiciliaria de la Policía Nacional donde un joven médico, identificado internamente como Villamil Cordovez Jorge Augusto, cumplía su turno obligatorio como parte de los requisitos exigidos para obtener el título de médico cirujano de la Pontificia Universidad Javeriana. Al otro lado de la línea un agente de la institución le pidió con insistencia su visita hasta el deprimido sector de Los Laches, al suroccidente de Bogotá, para atender a un niño que pese a los medicamentos suministrados llevaba varias horas con fiebre muy alta, escalofríos, delirios, manchas rojas en la piel y debilidad.

Al llegar encontró al policía, su señora y al pequeño apiñados en una estrecha pieza de inquilinato en la que dormían, preparaban sus alimentos y a veces medio jugaban. Después examinó en un rudimentario camastro al niño y encontró un agudo cuadro de sarampión el cual decidió tratar con reposo total y medicamentos especiales recomendados para atacar la infección. El policía y su mujer, sorprendidos por la sencillez y la manera pedagógica como el médico les explicó la enfermedad, el tratamiento a seguir y las recomendaciones para evitar que la enfermedad se propagara a otros niños de la posada, le dieron las gracias y en señal de agradecimiento le brindaron una copa de vino de manzana y un par de galletas La Rosa conservadas en una caja de cartón. Por su parte, el interno quedó abrumado al comprobar que el vino criollo, las colaciones, un pesebre con figuras de caucho y la Novena de Aguinaldos de la madre María Ignacia, eran los bienes más preciados de aquella familia para celebrar la Nochebuena. No sobraban los regalos ni abundaban las tarjetas, pero en el niño y la pareja, el joven científico decía haber visto la humildad de la familia de Belén.


El cantante neivano Fernando Tafur también hizo 
una gran versión de este villancico sanjuanero.


De regreso, observó por la ventanilla de un viejo campero policial cómo las luces de bengala inundaban los cielos capitalinos, mientras en las emisoras sonaban sin cesar los alegres sones de Guillermo Buitrago y los nostálgicos villancicos del venezolano Oswaldo Oropeza. Ya en el consultorio pensó en su difunta madre, recordó a don Jorge en su lecho de moribundo, le pareció ver a sus hermanas y sobrinos abriendo costosos regalos en Neiva y por un momento creyó estar de nuevo en El Cedral en una de las fantásticas reuniones de familiares y amigos, con mucha música, trago y baile hasta la madrugada. La dura realidad lo llevó de nuevo a esa víspera navideña, allí junto a una camilla, vestido de blanco y a la espera de nuevos pacientes que no tardaron en requerir sus servicios.

Esta vez el panorama fue diferente porque tuvo que partir hacia el exclusivo barrio El Chicó, al norte de Bogotá, para atender el llamado urgente de un general de la Policía Nacional. El alto oficial, vestido de etiqueta, y su señora, con traje largo, lo recibieron cariacontecidos en la puerta para informarle que uno de sus niños también tenía fiebre, delirios, escalofrío y estaba muy decaído. Villamil, después de auscultarlo y dictaminar que el muchacho tenía un severo resfriado, formuló descongestionantes, antihistamínicos y analgésicos y le recomendó tomar mucha agua y reposo absoluto. 

Los padres se tranquilizaron con el diagnóstico y los consejos del médico a quien invitaron a conocer la casa y a tomar algo en un espléndido salón en el que parejas especialmente ataviadas para la ocasión tiraban paso al compás de la estridente música tropical que no permitía ninguna conversación.

Hacia 1976 la cantante Vicky popularizó otra versión, 
tipo balada, de la canción de Villamil.


Al tiempo que los esposos le hablaban de sus éxitos y de su familia modelo, el médico seguía pasmado con tanta ostentación: montañas de regalos de todos los tamaños, pinos navideños que rozaban el techo, muñecos escandinavos del tamaño de un gigante, ululantes trenes movidos con baterías, engominados banqueteros repartiendo cantidades pantagruélicas de caviar, jamones y quesos que se acompañaban con rebosantes copas de champaña francesa y whisky escocés.

«Eso me impresionó muchísimo ―confesaba el médico-compositor― porque en un mismo día encontré dos polos opuestos: primero, la condición del policía que vivía hacinado en una piecita muy humilde y, segundo, la opulencia del general en su mansión. Ese contraste tan impresionante sirvió de inspiración y me llevó con rapidez al consultorio para escribir la letra, precisamente cuando se vivía en todas partes el espíritu de la Navidad».

La primera grabación de Campanas de Navidad la hicieron Las Dominicas, cuatro religiosas cubanas que al ser expulsadas de su país se asilaron en Colombia donde promovieron programas de rehabilitación de niños oriundos de zonas campesinas. Uno de sus medios de financiación fue la grabación de elepés comerciales, tarea en la que recibieron el apoyo del empresario Simón Daro, dueño del sello musical Discos Daro, quien vio en ellas altas calidades artísticas y la posibilidad de apoyar una buena causa.

La Grandiosa, de Neiva, le dio un delicioso 
toque tropical a Campanas de Navidad.

Después de una primera producción exitosa en 1964, las monjas se arriesgaron de nuevo y en 1966 lanzaron Alegre voy... Cantan las Dominicas las nuevas canciones del Dr. Jorge Villamil en la que además de Campanas de Navidad, grabaron Lucero de la tarde, La hamaca, Señor de Monserrate, Alegre voy, Alas de plata, Llorando por amor, Sor Alegría; Noche de azahares, Playas de San Andrés, Los remansos y Espumas.

De este villancico de clara estirpe colombiana ―jamás de origen nicaragüense como lo escuchó el autor de esta nota en un canal latino de televisión en una noche de Navidad en Estados Unidos son muy conocidas las versiones de Vicky, Garzón y Collazos, la Orquesta La Grandiosa, Fernando Tafur y el dueto de los Hermanos Tejada.

Su letra es la siguiente:


Campanas de Navidad,
Campanas de Navidad.

Campanas de Navidad
que van sonando,
con sus alegres repiques
van anunciando ¡Noche de paz!

Campanas de Navidad,
campanas de Navidad.

Se escuchan ya
los cantares de Nochebuena
que invaden todos los campos,
todos los sitios de la ciudad.
Campanas de Navidad,
campanas de Navidad.

Son muchos los que se alegran
y olvidan penas
hay otros que se recuerdan
con su sonar.

Que nada tienen en esta vida,
que todo llega y todo se olvida
y entonces lloran en Navidad.

Que nada tienen en esta vida,
que todo llega y todo se olvida
y entonces lloran en Navidad.

Campanas de Navidad
con alegría sonad, sonad,
porque ha llegado el Mesías
para salvar a la humanidad.

Campanas de Navidad
con alegría sonad, sonad,
porque ha llegado el Mesías
para salvar a la humanidad.

Campanas de Navidad,
campanas de Navidad.

Campanas de Navidad
que van sonando,
con sus alegres repiques
van anunciando ¡Noche de paz!

Campanas de Navidad,
campanas de Navidad.

Se escuchan ya
los cantares de Nochebuena
que invaden todos los campos,
todos los sitios de la ciudad.

Campanas de Navidad,
campanas de Navidad.

Son muchos los que se alegran
y olvidan penas
hay otros que recuerdan
con su sonar.

Que nada tienen en esta vida,
que todo llega y todo se olvida
y entonces lloran en Navidad.

Que nada tienen en esta vida,
que todo llega y todo se olvida
y entonces lloran en Navidad.

Campanas de Navidad
con alegría sonad, sonad,
porque ha llegado el Mesías
para salvar a la humanidad.

Campanas de Navidad
con alegría sonad, sonad,
porque ha llegado el Mesías
para salvar a la humanidad.