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viernes, 25 de septiembre de 2015

Escalona y Villamil: gigantes de la provincia


La Fundación Rafael Escalona Martínez invitó al autor de este blog a escribir un artículo sobre la entrañable relación de amistad y colegaje que unió a dos grandes de la cultura popular colombiana. Además, Taryn Escalona, presidenta de esa entidad que realiza un arduo trabajo para preservar la obra del genio creador de páginas inmortales del folclor vallenato, pidió la participación de este periodista cachaco en un ameno conversatorio sobre las músicas del interior y del Valle de Upar en las que Escalona y Villamil son símbolos mayores.

El siguiente artículo fue publicado en Escalona inmortal, magnífico libro en el que auténticas plumas del periodismo nacional como Daniel Samper Pizano, Juan Gossaín, Alberto Salcedo, Daniel Coronell, Juan Manuel López, el expresidente Ernesto Samper Pizano, entre otras personalidades, plantearon diversas miradas sobre la vida del hijo de Patillal.



Las vidas de Rafael Calixto Escalona Martínez y Jorge Augusto Villamil Cordovez se entrecruzaron más de una vez y coincidieron de manera sorprendente pese a la considerable distancia geográfica entre Huila y Cesar, sus entornos culturales diversos y las influencias musicales.

Estos colosos de la música popular, antes que nada, fueron campesinos ilustrados nacidos en familias ricas de provincias marginadas pero afines por elementos vitales como el trabajo, el campo, el ganado, la música y las parrandas. Por supuesto, las mujeres, las frustraciones amorosas, los fracasos empresariales, la política, el gremialismo y el profundo afecto a sus terruños, también marcaron con el mismo sello al dueto de geminianos que nacieron con dos años de diferencia, Escalona en Patillal, cerca de Valledupar, antiguo Magdalena, el 27 de mayo de 1927, y Villamil que llegó a la hacienda del Cedral, jurisdicción de Neiva, en el viejo Tolima Grande, el 6 de junio de 1929.



Ambos eran hijos de hombres influyentes en sus comarcas en las que la política partidista determinaba todo. El padre de Rafael era el coronel Manuel Clemente Escalona Labarcés, hacendado y bravío comandante de huestes liberales del Caribe en la Guerra de los Mil Días. El papá del huilense era Jorge Villamil Ortega, cafetero, godo, sobreviviente de la misma confrontación, perseguido por el régimen de Rafael Reyes y cauchero enemigo de la Casa Arana en el Amazonas.

Los dos partieron muy jóvenes de sus casas para ir a otras ciudades en las que dieron rienda suelta a sus inspiraciones. A comienzos de los 40, Escalona fue enviado a Santa Marta para que hiciera el bachillerato en el famoso Liceo Celedón donde además de aguantar hambre conquistó mujeres, bebió a borbotones e hizo tantos amigos como canciones célebres (El bachiller, El hambre del Liceo y La despedida). Villamil, también obligado, salió del Huila por la misma época para terminar bachillerato en Bogotá y estudiar Medicina. Al contrario de Rafa, sí terminó la secundaria, se convirtió en médico y como Escalona, lejos de su tierra, compuso obras memorables (La Zanquirrucia, Adiós al Huila y El  retorno de José Dolores).



Como buenos artistas fueron malos empresarios. Escalona, un arrocero de poco éxito que ganó algunos pesos en los algodonales, tuvo haciendas como Rosa María y Chapinero y llevó cerdos de contrabando a Venezuela de donde regresó cargado de mercancía ilegal que metió por La Guajira. Fue ingenuo, generoso, botarata y tan ingenuo que muchas veces fue engañado por supuestos amigos a quienes les prestó plata que nunca volvió a ver. El villanuevero, Señor gerente y El chevrolito son pruebas musicales de su condición empresarial.

Villamil nunca le paró bolas a la Vieja hacienda del Cedral ni recogió café como su padre, uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros. En tiempos de la reconciliación con la guerrilla de los años 60 tumbó selva en El Pato y Guayabero y levantó a Andalucía, un predio otorgado por el mismo Estado que después se lo expropió. Su vals La mortaja lo retrata como un hombre desapegado de todo lo material. 

Provincia y política
Escalona, liberal de trapo rojo escarlata como la muleta de un torero, compuso  en 1973 López el pollo, un paseo en homenaje a su íntimo amigo Alfonso López Michelsen que tan pronto llegó a la Presidencia de la República lo nombró cónsul en Colón, Panamá. Allí creó La misión de Rafael y se ganó la confianza del general Omar Torrijos, «el gallo panameño pa’ enfrentárselo a los gringos».

Fue amigo de por lo menos diez presidentes, entre ellos, Gustavo Rojas Pinilla, a quien en 1955 le compuso el paseo El general Rojas, y de Guillermo León Valencia que lo invitó en 1965 al Palacio de San Carlos donde Escalona y un conjunto vallenato protagonizaron una fenomenal parranda que ciertos bogotanos calificaron de «juerga presidencial con músicos costeños». Su lista de amigos poderosos tenía todos los matices ideológicos: Misael Pastrana, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Julio César Turbay, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y Álvaro Uribe. De ellos decía que los llevó al Valle para ‘descachaquizarlos’ y ‘vallenatizarlos’. 


El neivano era un conservador de centro que se movía muy bien en las fragosas aguas de godos y cachiporros. Se hizo amigo de muchos presidentes, desde Mariano Ospina Pérez hasta Álvaro Uribe. A casi todos les aceptó invitaciones y reconocimientos pero no cargos políticos como la Gobernación del Huila, ofrecida por Belisario Betancur, y que declinó porque «el país estaba tan fregado que no  merecía joderlo más metiéndole farándula al Gobierno». Sin embargo, en los años 70 armó una coalición de artistas y deportistas como Los Tolimenses y el médico-entrenador Gabriel Ochoa Uribe para llegar al Congreso de la República pero su chamuscada fue peor que la de los protagonistas de Llamarada.

Así como Escalona le hizo estrofas a Gurropín, López Michelsen, Fabio Lozano Simonelli, Belisario Betancur y Torrijos, Villamil también le metió política a canciones como El barbasco, Llano Grande, El detenido, Sampedreando y El Barcino, en las que nombra a los expresidentes Valencia, López, Pastrana Borrero, Rafael Azuero Manchola, los exministros Cornelio Reyes y Rómulo González y al mismísimo Tirofijo.

Otra cualidad que los identificó fue su papel como promotores y embajadores de Huila y el Cesar. Gran parte de la proyección nacional de sus provincias se les debe a ellos que así como universalizaron sus cantos de provincia, mostraron a cachacos influyentes las bondades de unas tierras ignotas que muchos veían como la prolongación de la miseria y la ‘corronchera’. 


Escalona, acompañado por López Michelsen, la Cacica Consuelo Araújo Molina y Myriam Pupo de Lacouture, fundó en 1968 el Festival de la Leyenda Vallenata. Por su parte, Villamil, aliado con muchos neivanos como Inés García de Durán, Felio Andrade Manrique, Miguel Barreto, José Domingo Liévano, el Cotudo Falla, entre otros, fue uno de los creadores del Festival Nacional del Bambuco en 1961. Estos dos eventos hoy son patrimonio inmaterial de los colombianos.

Escalona y Villamil aprovecharon sus influencias políticas al más alto nivel para darle un vuelco total a Sayco y dignificar el trabajo de los músicos mediante una legislación moderna ―la Ley 23 de 1982― que después de muchos años logró protegerlos de las fauces de las disqueras y los empresarios que como caimanes hambrientos devoraban sus obras. A su lado, entre otros aclamados compositores, lucharon con tesón personajes como Jaime R, Echavarría, José Barros, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José A. Morales y Estercita Forero. Los dos fueron presidentes de su gremio por largos períodos, Jorge entre 1981 y 1987 y Rafael de 1987 a 1991. El primero le entregó la presidencia al segundo y por su impronta en la vida del gremio fueron aclamados por sus colegas que los nombraron presidentes eméritos de su organización.


Amores y desamores
Fueron tan enamorados como parranderos. Muchas de sus canciones hablan de conquistas, celos, rivales y mujeres que los despreciaron y los dejaron viendo chispas. También alcahuetearon conquistas y compusieron canciones a hombres despechados y mujeres enamoradas. Para no hacer larga la lista, de las obras románticas del vallenato sobresalen melodías magníficas como La despedida, La Molinera, Honda herida, La golondrina, La Brasilera. Del huilense basta citar Espumas, Me llevarás en ti, Amor en sombras, Llorando por amor

Estos compadres de verdad puesto que Villamil era padrino de uno de los tantos hijos de Escalona, han sido interpretados por famosos artistas del mundo. A Rafael lo cantan los archifamosos Julio Iglesias y Paloma San Basilio y colombianos de gran renombre como Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Carlos Vives, los Hermanos Zuleta y decenas de conjuntos y solistas del Caribe y ‘Cachaquilandia’. A Jorge también le grabaron luminarias como Javier Solís, Vicente Fernández, Soraya, Frank Pourcel, Nati Mistral, Silva y Villalba, Garzón y Collazos, Los Tolimenses, Isadora y por lo menos dos centenares de variados intérpretes.

Ellos, que componían a puro oído acompañados por su silbido, un tiple o una guitarra que a duras penas rasgueaban porque nunca asistieron a una academia, fueron pésimos cantantes. En su papel de ‘solistas’, se conoce el paseo Nube rosada, grabado por Escalona en sus últimos años con el acordeonero José del Gordo, y cuatro elepés en los que Villamil se las dio de cantautor pese a admitir que su voz se parecía a un graznido. En cambio, sí sobresalieron como formidables cronistas musicales, tal vez los mejores de Colombia, y todo porque en solo tres minutos fueron capaces de convertir episodios pueblerinos o dramas muy personales en admirables historias universales que traspasaron fronteras y llegaron a otras culturas. La custodia de Badillo y El Embajador remarcan su aporte a esta forma de construir memoria a punta de acordeón y tiple.

Coincidencias finales
Durante varios años soportaron con gran discreción y dignidad los agudos padecimientos del cáncer y la diabetes y se convirtieron en pacientes asiduos de la Fundación Santa Fe de Bogotá donde Rafael Calixto, a quien Villamil apodaba Rascalona, falleció el 13 de mayo de 2009. Nueve meses después, el 28 de febrero de 2010, el Bigotón ―chapa que le puso Escalona― Jorge Augusto lo acompañó en su partida luego de haber sido internado en la misma clínica durante más de 15 veces en diez años.

Sus vidas concurrentes y sus temáticas provincianas los unieron antes que separarlos y si bien algunos quisieron enfrentarlos como gallos de pelea para plantear una primacía absurda en la música nacional, ellos tuvieron la grandeza suficiente para evadir las comparaciones y sobrevivir en medio del Oropel farandulero.


Al partir, el Gobierno Nacional expidió decretos de honores, ordenó tres días de duelo y dispuso funerales de Estado reservados solo a las personalidades. Escalona y Villamil ―como si sus vidas fulgurantes estuvieran aparejadas hasta el final― fueron despedidos por multitudes en la Catedral Primada y la Plaza de Bolívar de Bogotá. Los restos de Rafa reposan en Valledupar, mientras que las cenizas de Jorge fueron depositadas en una urna que se exhibe en el museo que lleva su nombre en Neiva.

El mejor resumen de su amistad lo hizo el opita al dedicarle al patillalero los paseos vallenatos Viento y arena, crónica sobre las travesuras amorosas por La Guajira de un famoso compositor que no era otro distinto al mismo Escalona, y Tierra grata, canto que narra una accidentada invitación a Valledupar. Esta composición, grabada por Raúl Brito y Egidio Cuadrado, dice así en sus primeras estrofas:


Yo me fui a Valledupar (bis)
la tierra del acordeón
porque me invitó Escalona (bis)
a conocer su folclor.

Al llegar al aeropuerto
Rafa Escalona no estaba ahí,
lo busqué por todas partes,
por todas partes, más no lo vi.

Pregunté a Pedro García,
a Rita Fernández y Pavajeau:
¿En dónde estará Escalona?
¿No han visto al compositor?

¿Se fue tras La Brasilera
o en busca de un nuevo amor?
O tal vez se fue pa’l Cauca
porque le gusta el temblor.