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viernes, 25 de septiembre de 2015

Escalona y Villamil: gigantes de la provincia


La Fundación Rafael Escalona Martínez invitó al autor de este blog a escribir un artículo sobre la entrañable relación de amistad y colegaje que unió a dos grandes de la cultura popular colombiana. Además, Taryn Escalona, presidenta de esa entidad que realiza un arduo trabajo para preservar la obra del genio creador de páginas inmortales del folclor vallenato, pidió la participación de este periodista cachaco en un ameno conversatorio sobre las músicas del interior y del Valle de Upar en las que Escalona y Villamil son símbolos mayores.

El siguiente artículo fue publicado en Escalona inmortal, magnífico libro en el que auténticas plumas del periodismo nacional como Daniel Samper Pizano, Juan Gossaín, Alberto Salcedo, Daniel Coronell, Juan Manuel López, el expresidente Ernesto Samper Pizano, entre otras personalidades, plantearon diversas miradas sobre la vida del hijo de Patillal.



Las vidas de Rafael Calixto Escalona Martínez y Jorge Augusto Villamil Cordovez se entrecruzaron más de una vez y coincidieron de manera sorprendente pese a la considerable distancia geográfica entre Huila y Cesar, sus entornos culturales diversos y las influencias musicales.

Estos colosos de la música popular, antes que nada, fueron campesinos ilustrados nacidos en familias ricas de provincias marginadas pero afines por elementos vitales como el trabajo, el campo, el ganado, la música y las parrandas. Por supuesto, las mujeres, las frustraciones amorosas, los fracasos empresariales, la política, el gremialismo y el profundo afecto a sus terruños, también marcaron con el mismo sello al dueto de geminianos que nacieron con dos años de diferencia, Escalona en Patillal, cerca de Valledupar, antiguo Magdalena, el 27 de mayo de 1927, y Villamil que llegó a la hacienda del Cedral, jurisdicción de Neiva, en el viejo Tolima Grande, el 6 de junio de 1929.



Ambos eran hijos de hombres influyentes en sus comarcas en las que la política partidista determinaba todo. El padre de Rafael era el coronel Manuel Clemente Escalona Labarcés, hacendado y bravío comandante de huestes liberales del Caribe en la Guerra de los Mil Días. El papá del huilense era Jorge Villamil Ortega, cafetero, godo, sobreviviente de la misma confrontación, perseguido por el régimen de Rafael Reyes y cauchero enemigo de la Casa Arana en el Amazonas.

Los dos partieron muy jóvenes de sus casas para ir a otras ciudades en las que dieron rienda suelta a sus inspiraciones. A comienzos de los 40, Escalona fue enviado a Santa Marta para que hiciera el bachillerato en el famoso Liceo Celedón donde además de aguantar hambre conquistó mujeres, bebió a borbotones e hizo tantos amigos como canciones célebres (El bachiller, El hambre del Liceo y La despedida). Villamil, también obligado, salió del Huila por la misma época para terminar bachillerato en Bogotá y estudiar Medicina. Al contrario de Rafa, sí terminó la secundaria, se convirtió en médico y como Escalona, lejos de su tierra, compuso obras memorables (La Zanquirrucia, Adiós al Huila y El  retorno de José Dolores).



Como buenos artistas fueron malos empresarios. Escalona, un arrocero de poco éxito que ganó algunos pesos en los algodonales, tuvo haciendas como Rosa María y Chapinero y llevó cerdos de contrabando a Venezuela de donde regresó cargado de mercancía ilegal que metió por La Guajira. Fue ingenuo, generoso, botarata y tan ingenuo que muchas veces fue engañado por supuestos amigos a quienes les prestó plata que nunca volvió a ver. El villanuevero, Señor gerente y El chevrolito son pruebas musicales de su condición empresarial.

Villamil nunca le paró bolas a la Vieja hacienda del Cedral ni recogió café como su padre, uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros. En tiempos de la reconciliación con la guerrilla de los años 60 tumbó selva en El Pato y Guayabero y levantó a Andalucía, un predio otorgado por el mismo Estado que después se lo expropió. Su vals La mortaja lo retrata como un hombre desapegado de todo lo material. 

Provincia y política
Escalona, liberal de trapo rojo escarlata como la muleta de un torero, compuso  en 1973 López el pollo, un paseo en homenaje a su íntimo amigo Alfonso López Michelsen que tan pronto llegó a la Presidencia de la República lo nombró cónsul en Colón, Panamá. Allí creó La misión de Rafael y se ganó la confianza del general Omar Torrijos, «el gallo panameño pa’ enfrentárselo a los gringos».

Fue amigo de por lo menos diez presidentes, entre ellos, Gustavo Rojas Pinilla, a quien en 1955 le compuso el paseo El general Rojas, y de Guillermo León Valencia que lo invitó en 1965 al Palacio de San Carlos donde Escalona y un conjunto vallenato protagonizaron una fenomenal parranda que ciertos bogotanos calificaron de «juerga presidencial con músicos costeños». Su lista de amigos poderosos tenía todos los matices ideológicos: Misael Pastrana, Belisario Betancur, Andrés Pastrana, Julio César Turbay, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y Álvaro Uribe. De ellos decía que los llevó al Valle para ‘descachaquizarlos’ y ‘vallenatizarlos’. 


El neivano era un conservador de centro que se movía muy bien en las fragosas aguas de godos y cachiporros. Se hizo amigo de muchos presidentes, desde Mariano Ospina Pérez hasta Álvaro Uribe. A casi todos les aceptó invitaciones y reconocimientos pero no cargos políticos como la Gobernación del Huila, ofrecida por Belisario Betancur, y que declinó porque «el país estaba tan fregado que no  merecía joderlo más metiéndole farándula al Gobierno». Sin embargo, en los años 70 armó una coalición de artistas y deportistas como Los Tolimenses y el médico-entrenador Gabriel Ochoa Uribe para llegar al Congreso de la República pero su chamuscada fue peor que la de los protagonistas de Llamarada.

Así como Escalona le hizo estrofas a Gurropín, López Michelsen, Fabio Lozano Simonelli, Belisario Betancur y Torrijos, Villamil también le metió política a canciones como El barbasco, Llano Grande, El detenido, Sampedreando y El Barcino, en las que nombra a los expresidentes Valencia, López, Pastrana Borrero, Rafael Azuero Manchola, los exministros Cornelio Reyes y Rómulo González y al mismísimo Tirofijo.

Otra cualidad que los identificó fue su papel como promotores y embajadores de Huila y el Cesar. Gran parte de la proyección nacional de sus provincias se les debe a ellos que así como universalizaron sus cantos de provincia, mostraron a cachacos influyentes las bondades de unas tierras ignotas que muchos veían como la prolongación de la miseria y la ‘corronchera’. 


Escalona, acompañado por López Michelsen, la Cacica Consuelo Araújo Molina y Myriam Pupo de Lacouture, fundó en 1968 el Festival de la Leyenda Vallenata. Por su parte, Villamil, aliado con muchos neivanos como Inés García de Durán, Felio Andrade Manrique, Miguel Barreto, José Domingo Liévano, el Cotudo Falla, entre otros, fue uno de los creadores del Festival Nacional del Bambuco en 1961. Estos dos eventos hoy son patrimonio inmaterial de los colombianos.

Escalona y Villamil aprovecharon sus influencias políticas al más alto nivel para darle un vuelco total a Sayco y dignificar el trabajo de los músicos mediante una legislación moderna ―la Ley 23 de 1982― que después de muchos años logró protegerlos de las fauces de las disqueras y los empresarios que como caimanes hambrientos devoraban sus obras. A su lado, entre otros aclamados compositores, lucharon con tesón personajes como Jaime R, Echavarría, José Barros, Lucho Bermúdez, Pacho Galán, José A. Morales y Estercita Forero. Los dos fueron presidentes de su gremio por largos períodos, Jorge entre 1981 y 1987 y Rafael de 1987 a 1991. El primero le entregó la presidencia al segundo y por su impronta en la vida del gremio fueron aclamados por sus colegas que los nombraron presidentes eméritos de su organización.


Amores y desamores
Fueron tan enamorados como parranderos. Muchas de sus canciones hablan de conquistas, celos, rivales y mujeres que los despreciaron y los dejaron viendo chispas. También alcahuetearon conquistas y compusieron canciones a hombres despechados y mujeres enamoradas. Para no hacer larga la lista, de las obras románticas del vallenato sobresalen melodías magníficas como La despedida, La Molinera, Honda herida, La golondrina, La Brasilera. Del huilense basta citar Espumas, Me llevarás en ti, Amor en sombras, Llorando por amor

Estos compadres de verdad puesto que Villamil era padrino de uno de los tantos hijos de Escalona, han sido interpretados por famosos artistas del mundo. A Rafael lo cantan los archifamosos Julio Iglesias y Paloma San Basilio y colombianos de gran renombre como Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Carlos Vives, los Hermanos Zuleta y decenas de conjuntos y solistas del Caribe y ‘Cachaquilandia’. A Jorge también le grabaron luminarias como Javier Solís, Vicente Fernández, Soraya, Frank Pourcel, Nati Mistral, Silva y Villalba, Garzón y Collazos, Los Tolimenses, Isadora y por lo menos dos centenares de variados intérpretes.

Ellos, que componían a puro oído acompañados por su silbido, un tiple o una guitarra que a duras penas rasgueaban porque nunca asistieron a una academia, fueron pésimos cantantes. En su papel de ‘solistas’, se conoce el paseo Nube rosada, grabado por Escalona en sus últimos años con el acordeonero José del Gordo, y cuatro elepés en los que Villamil se las dio de cantautor pese a admitir que su voz se parecía a un graznido. En cambio, sí sobresalieron como formidables cronistas musicales, tal vez los mejores de Colombia, y todo porque en solo tres minutos fueron capaces de convertir episodios pueblerinos o dramas muy personales en admirables historias universales que traspasaron fronteras y llegaron a otras culturas. La custodia de Badillo y El Embajador remarcan su aporte a esta forma de construir memoria a punta de acordeón y tiple.

Coincidencias finales
Durante varios años soportaron con gran discreción y dignidad los agudos padecimientos del cáncer y la diabetes y se convirtieron en pacientes asiduos de la Fundación Santa Fe de Bogotá donde Rafael Calixto, a quien Villamil apodaba Rascalona, falleció el 13 de mayo de 2009. Nueve meses después, el 28 de febrero de 2010, el Bigotón ―chapa que le puso Escalona― Jorge Augusto lo acompañó en su partida luego de haber sido internado en la misma clínica durante más de 15 veces en diez años.

Sus vidas concurrentes y sus temáticas provincianas los unieron antes que separarlos y si bien algunos quisieron enfrentarlos como gallos de pelea para plantear una primacía absurda en la música nacional, ellos tuvieron la grandeza suficiente para evadir las comparaciones y sobrevivir en medio del Oropel farandulero.


Al partir, el Gobierno Nacional expidió decretos de honores, ordenó tres días de duelo y dispuso funerales de Estado reservados solo a las personalidades. Escalona y Villamil ―como si sus vidas fulgurantes estuvieran aparejadas hasta el final― fueron despedidos por multitudes en la Catedral Primada y la Plaza de Bolívar de Bogotá. Los restos de Rafa reposan en Valledupar, mientras que las cenizas de Jorge fueron depositadas en una urna que se exhibe en el museo que lleva su nombre en Neiva.

El mejor resumen de su amistad lo hizo el opita al dedicarle al patillalero los paseos vallenatos Viento y arena, crónica sobre las travesuras amorosas por La Guajira de un famoso compositor que no era otro distinto al mismo Escalona, y Tierra grata, canto que narra una accidentada invitación a Valledupar. Esta composición, grabada por Raúl Brito y Egidio Cuadrado, dice así en sus primeras estrofas:


Yo me fui a Valledupar (bis)
la tierra del acordeón
porque me invitó Escalona (bis)
a conocer su folclor.

Al llegar al aeropuerto
Rafa Escalona no estaba ahí,
lo busqué por todas partes,
por todas partes, más no lo vi.

Pregunté a Pedro García,
a Rita Fernández y Pavajeau:
¿En dónde estará Escalona?
¿No han visto al compositor?

¿Se fue tras La Brasilera
o en busca de un nuevo amor?
O tal vez se fue pa’l Cauca
porque le gusta el temblor.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Medio siglo del escándalo del Embajador de la India

"Señores voy a contarles lo que en Neiva sucedió..."

 
 
 
Jaime Torres Holguín, el hombre que
hace 50 años se hizo pasar como
embajador de la India en Colombia. 
(Foto de la familia Torres Quintero cedida
al periodista Olmedo Polanco).


 

 

Esta semana ―del 10 al 17 de diciembre― se cumplen 50 años del escándalo protagonizado en Neiva por un hombre que se hizo pasar como embajador de la India en Colombia. Este risible episodio que marcó a los huilenses como ingenuos y bobos y que ha servido para hacer canciones, un película y hasta bromas de mal gusto, es reconstruido en las siguientes líneas paso a paso. Memoria.


Por Vicente Silva Vargas

 
   Todo empezó la segunda semana de diciembre de 1962 cuando llegó a Neiva Jaime Torres Holguín, «antiguo seminarista de la ciudad de Garzón», un hombre con gran poder de convicción, genuina capacidad para imitar personajes, dominio perfecto del latín e impecable manejo del inglés, el italiano y el francés. En el autoferro que viajaba de Bogotá a la capital del Huila este hombre se topó con un ingeniero bogotano que adelantaba un trabajo especializado en una reconocida empresa de la región. Al comentarle a su ocasional compañero de viaje sobre el insoportable calor, Torres Holguín le respondió en un extraño acento revuelto con español lo que descrestó al profesional que enseguida empezó a preguntarle de todo como si fuera un viejo conocido.
 
   El extraño le dijo en su enredo que iba «a conocer las ruinas de San Agustín» y bajando la voz le confesó que era el embajador de la India en Colombia aunque le pidió discreción debido a su jerarquía. No obstante, tan pronto se dio cuenta de que su ocasional compañero había mordido el anzuelo empezó a hablar más de la cuenta. Primero explicó que viajaba en tren porque su lujoso automóvil oficial se había varado en Espinal y enseguida anotó que tan pronto fuera reparado por mecánicos enviados de Bogotá su chofer particular lo llevarían hasta Neiva con su equipaje para proseguir hasta el Parque Arqueológico.
 
   Su conocimiento sobre la cultura india, el rostro cetrino, el cabello negro y grasoso, su convicción en cada tema abordado y los gestos que le parecían idénticos a los del Mahatma Gandhi que él había visto en las películas en blanco y negro, dejaron atónito al ingeniero. Desde ese momento empezó a tratarlo como una personalidad única en su vida que no podía pasar desapercibida por esas tierras y por eso, tan pronto llegó bien de mañana ese lunes 10 de diciembre a la vieja estación de Neiva donde era esperado por el comerciante Alvaro Díaz Chávarro, se ahorró los saludos y gritando desde el estribo del tren decidió compartir la gran primicia: «¡Les presento al señor Embajador de la India, pero no digan nada porque viene de incógnito!».
 
 Jaime Torres Holguín, a la derecha, se dedicó al comercio de
mariscos en Estados Unidos y en New Haven, donde murió,
fue un personaje destacado de la comunidad.
(Foto de la familia Torresquintero cedida al
periodista Olmedo Polanco).  

   Los primeros en apuntarse a la lista de este memorable capítulo de la lambonería nacional, tan pintoresco como muchos relatos del realismo mágico de Gabriel García Márquez, fueron el ingeniero que lo descubrió, Díaz Chávarro ―llamado Aldíchar, como su almacén y otros hombres que se volvieron expertos en reverencias y genuflexiones. Los siguieron otros personajes de la banca, el comercio y la industria que a las carreras desempolvaron el Manuel de Urbanidad y buenas maneras de don Francisco Carreño para poner en práctica anticuadas normas de protocolo, así fuera sólo por las apariencias.

    Otros se fueron por la más fácil y llamaron a las autoridades para que no pasaran por la vergüenza de ignorar a un dignatario de esa categoría que por primera vez honraba con su presencia a las gentes de aquellas tierras olvidadas. Aunque en un comienzo el gobernador Gustavo Salazar Tapiero no se tragó el cuento porque la Cancillería no se tomó la molestia de notificarle semejante acontecimiento, muy pronto la gran cantidad de llamadas y de visitas al despacho le hicieron cambiar de parecer. El argumento era sencillo: se trataba de una visita no oficial sobre el cual el Embajador había pedido absoluta reserva.
 
   Su advertencia no sirvió de nada. Al contrario, la noticia sobre la llegada de un personaje exótico proveniente de un país igualmente exótico se regó como pólvora. El gobernador, los secretarios del Departamento, el alcalde de Neiva y el gabinete municipal dejaron de trabajar. Los altos mandos militares y de policía cesaron la persecución de los últimos pájaros y chusmeros y empezaron a lustrar sus charreteras para salir en las fotos. Los comerciantes encargaron sus negocios a los dependientes y la media docena de periodistas, acostumbrados a los incendiarios agarrones verbales entre liberales y conservadores, por fin tuvieron una chiva y un personaje de talla mundial.

 
     Entre lisonjas y ágapes
    Desde el instante en que llegó, el administrador del Hotel Plaza, el más importante de la ciudad, se fajó en atenciones. De entrada, le asignó la suite presidencial y ordenó acondicionarla conforme a los gustos orientales del visitante. Sin consultarle nada al huésped, dispuso una permanente dieta vegetariana ajustada a sus costumbres y pidió vigilancia policial para que nadie interrumpiera su sesión de yoga ni lo distrajera durante sus oraciones sagradas. De ñapa, instruyó a meseros y camareros para que saludaran inclinándose con reverencia y mandó que en los altoparlantes sólo se escuchara música de la India.
 
   Según relataba el cronista Víctor Cortes Castro en el semanario El Debate, ya entrada la tarde, el gobernador, su gabinete en pleno y unos cuantos colados decidieron caerle de sorpresa para presentarle una saludo protocolario, pero al llegar les tocó parar en seco cuando vieron que el Embajador no estaba embutido en un elegante traje de etiqueta sino parado en la cabeza, en aparente estado de meditación. Después de largos minutos de espera, Torres aparentó regresar a la realidad identificándose como Shri Lacshama Dharhamdahaj y aunque quiso mostrar unas credenciales que no tenía, el gesto fue rechazado porque su indumentaria —una túnica blanca y un turbante armados con sábanas del hotel— no dejaron la menor duda de que se trataba de un hombre llegado de lejanas tierras «para fortalecer los lazos de amistad y cooperación entre dos naciones hermanas».
 
   Informados de que el ‘diplomático’ no tenía su vestuario, funcionarios y miembros de la alta sociedad ejercieron como sapos de oficio y a las volandas buscaron costureras para que le improvisaran atuendos parecidos a los de algunas castas hindúes. Torres Holguín ―apersonado de su papel― les pidió que no se molestaran porque estaba a la espera de su equipaje para proseguir hacia el sur, pero los anfitriones insistieron y dejaron que el dueño de Mi Lord ―el almacén de ropa más importante de la ciudad― pusiera todos sus inventarios a disposición del visitante. Lo mismo hicieron otros personajes que formaron comités para que todos sus caprichos del Embajador fueran atendidos al instante. Uno de ellos fue Miguel Ángel El sapo Villoria, periodista y poeta que haciendo alarde de su apodo le regaló un anillo con el escudo familiar. Algo parecido hizo el prestigioso médico Abelardo García Salas ―Cavicas― al desprenderse de una fina camisa de seda griega comprada por su suegro en Europa.
 

   Hasta don Oliverio Lara Borrero, uno de los empresarios más importantes de Colombia, cayó en las redes de Torres. Ambos hicieron tan buenas migas que en los continuos homenajes al visitante se les escuchó hablar con propiedad del buey Apis ―el toro mitológico de la cultura egipcia― y de la posible importación de bovinos desde la India a Colombia debido a la sobrepoblación originada por la prohibición hinduista de consumir carne de animales sagrados. Se dijo entonces que don Oliverio ―quién sí conocía ese país y Torres que lo había visto en enciclopedias― compararon al Ganges y el Brahmaputra con el Magdalena y el Cauca, elogiaron las milenarias riquezas culturales de Calcuta y Bombay y hasta les hallaron similitudes entre Popayán y Cartagena.
 

   Así como Lara lo atendió, otro grupo le organizó un homenaje con comida, música, baile y aguardiente en una hacienda llamada El Viso. Allí el Embajador quedó extasiado con la imponencia del paisaje y los árboles de totumo que en su postizo acento ―haciéndose el ignorante― se empeñó en llamar ‘tutumas’. Como si fuera poco, aparentó sus convicciones religiosas cuando los dueños de casa le sirvieron provocativas bandejas repletas de lomo fino de res y auténtico asado de cerdo huilense. El incidente fue superado cuando le llevaron desde Campoalegre ensaladas de frutas y verduras que devoró a regañadientes. Mas adelante, el exembajador contó que esa fue la prueba más difícil ya que estuvo a punto de caer en la tentación de probar al menos un bocado de la gran cantidad de humeantes rebanadas puestas a su disposición.
 


En 1963 Emeterio y Felipe convirtieron en éxito
nacional el sanjuanero El Embajador, de Jorge Villamil.
(Carátula del elepé El Embajador).
 
El hombre de largo e impronunciable identidad que se ufanaba de ser descendiente de una vieja casta hindú no se limitó a ser atendido pues desde un comienzo ofreció favores a todos los pedigüeños que se le atravesaron. Las primeras fueron agraciadas damas de todas las edades que hicieron cola para que su excelencia, metro en mano, les tomara las medidas para confeccionarles el sari, el traje típico de las mujeres de su país. Aún se comenta que abuelitas ilustres, señoras dedo parado, algunas solteronas y ciertas señoritas en edad de merecer, le imploraron que les regalara vestidos en colores brillantes, tal como mostraban las revistas de la época a una señora llamada Indira Gandhi. Los hombres no se quedaron atrás a la hora de pedir. A Alberto Vargas Meza le prometió llevárselo para que estudiara farmacia y lavandería, al aviador Héctor el Loro Jiménez le dijo que pensaba contratarlo como piloto de Indian Airlines, al periodista Jorge Andrade le anunció una beca para especializarse en periodismo, al empresario Ignacio Solano le quedó de enviar semillas de pasto del desierto y a Aldíchar le regaló un lente de cine que nunca le llegó.
 
Vicente Silva Falla, corresponsal de El Espectador, relató que Torres Holguín ―oriundo de Yaguará y sobrino del respetabilísimo monseñor Félix María Torres quien años después fue arzobispo de Barranquilla― estaba seguro del final de su película en cuestión de horas. Por eso apuró los preparativos de un banquete de gala en el Hotel Plaza para 250 invitados especiales a quienes quería corresponder en persona por «las generosas e inmerecidas atenciones brindadas». Para no dejar nada al azar e impedir que fuera descubierto antes de tiempo, el propio Embajador mandó a timbrar tarjetas para el martes 18 y encargó a un famoso restaurante bogotano la preparación de la cena y el envío a Neiva, en avión, de banqueteros, cubiertos, mantelería y bebidas. De remate, tan pronto como se escabullera del hotel sin su atuendo junto con compinche de Garzón, pensaba dejar debajo de los platos de cada invitado un mensaje demoledor: «No soy embajador de la India, soy Jaime Torres Holguín. Chupen por opitas, lambones y pendejos. Cada quien paga su plato».
 
    El señor exembajador
Seguro de que jugaba en el filo de la navaja, Torres decidió continuar con su papel al aceptar dos homenajes más. El primero fue el viernes 14 de diciembre cuando recibió los honores militares ofrecidos por el Batallón Tenerife y su comandante, coronel José Pepe Rivas, con motivo de la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de la artillería. Esta vez, tal como contemplaba el protocolo militar, los invitados especiales ingresaron con anticipación al casino de oficiales y luego, muy circunspectos lo hicieron el gobernador Salazar Tapiero y el alcalde Julio César García. Por último, el señor embaucador  fue saludado con honores militares reservados a los jefes de Estado y música marcial interpretada por la banda de guerra. Luego, todos los invitados pasaron a manteles.
 
    El sábado 15 el turno fue para el Club Campestre que ofreció una elegante recepción en la que la selecta concurrencia fue vestida de gala: de esmoquin los hombres y con traje largo las mujeres. Para infortunio de Torres ―o tal vez para su beneficio― un condiscípulo suyo en el Seminario Conciliar de Garzón lo reconoció esa noche cuando intentaba bailar un complicado sanjuanero y envalentonado por varios anises entre pecho y espalda decidió romper el protocolo para gritar con marcado acento opita: «Oooole Jaime Torres, ¿usted qué hace por aquiiiiiì?» El Embajador, sorprendido y asustado, le guiñó un ojo y sólo atinó a responderle: «usted estar equivocado». Urbano Cabrera, como se llamaba el excompañero, fue retirado a la fuerza por soldados del batallón que lo amenazaron con mandarlo al calabozo por borracho e irrespeto a la autoridad. Superado el incidente, el gobernador le pidió a su excelencia que abriera el baile en su honor. Mujeres de todas las edades bailaron con él e incluso hubo varias que le coquetearon de frente para ganar sus afectos y tener la remota esperanza de convertirse algún día en una de las tantas mujeres de su harén. Pero la suerte de Jaime estaba marcada para esa noche y ese lugar porque Cabrera, herido por haber sido sacado a empellones y convencido de conocer al impostor, buscó a Ignacio Solano Manrique, secretario de Hacienda del Huila, para contarle su verdad.
 
    Cabrera, cabreado’ como estaba, habló sin rodeos: «Ese no es ningún embajador de la India, ese es Jaime Torres Holguín, compañero mío del seminario de Garzón. A él le decíamos el Caleño porque tenía vínculos con el Valle y hasta allá se fue hace mucho tiempo». Una vez superó la sorpresa, Solano Manrique le informó a Salazar Tapiera para que acabara con la farsa pero el gobernador, más preocupado por la ridiculez en la que estaba envuelto, primero le pidió a la Policía que confiscara y destruyera todos los rollos fotográficos en poder de los fotógrafos que estaban en la fiesta y en los cuales, con toda seguridad, aparecían él y muchas familias linajudas rindiéndole pleitesía al embajador de un país que muy pocos sabían dónde quedaba. Luego, muy a su pesar, encaró a Torres Holguín, que con mansedumbre admitió su verdadera identidad, tiró al suelo su colorido turbante y una falsa piedra preciosa en la mitad y les gritó a todos que no era diplomático ni nada parecido y que fueron ellos mismos quienes, en un alarde de zalamería e idiotez, lo nombraron Embajador.
 
   Los avergonzados opitas que hasta minutos antes le habían sobado la chaqueta, cambiaron de semblante al vilipendiarlo con un variado repertorio de palabras vulgares de la región y hasta intentaron agarrarlo a trompadas. En un permanente de la Policía, esposado e incomunicado en el calabozo, Torres Holguín pasó todo el domingo en carácter de exembajador y solo hasta el lunes 17 fue enviado ante un juez municipal que lo interrogó hasta la saciedad porque, supuestamente, había cometido cuatro delitos. Al final de la tarde, el funcionario lo dejó libre al concluir que no robó por ponerse ropa que le regalaron ni al lucir adornos prestados. Tampoco falsificó documentos públicos o privados porque nunca los exhibió o le fueron exigidos, ni estafó a nadie porque no firmó documentos o contratos ni tumbó al hotel ya que alguien pagó su cuenta. Por último, se determinó que no hubo suplantación de autoridad extranjera alguna porque si bien India y Colombia tenían relaciones diplomáticas y comerciales desde 1959, en ese entonces no había embajador ni embajada en Bogotá (la legación india apenas se estableció en 1973).
 
   Dicen las malas lenguas que al día siguiente, muy temprano, los numerosos anfitriones y sus familias que en la última semana miraron por encima del hombro a vecinos y amigos por estar detrás del Embajador, desaparecieron de Neiva y sus contornos sin ninguna explicación. Unos fueron hospitalizados porque no resistieron la humillación aunque dijeron que se trataba de chequeos de rutina. Otros viajaron a Bogotá, Cartagena y Miami dizque en viajes de negocios en plena Navidad cuando lo cierto es que trataban de evadir la tomadura de pelo de amigos y enemigos. Los demás, al no quedar ni una sola foto acusadora de su arribismo, negaron haber visto en sus vidas a un tal Lacshama y hasta llegaron a decir que no sabían de qué tribu india les hablaban. Es más, con el paso del tiempo ha sido casi imposible hallar un testigo directo de aquellas jornadas de ridículas reverencias como si los hechos hubieran sido arrastrados por una avalancha.
 
    Los coletazos del escándalo
No pasó nada extraordinario en el Huila luego de la humillante visita de su excelencia. El gobernador y el alcalde continuaron en sus cargos durante varios meses. El comandante del batallón siguió su carrera militar. Los secretarios del Departamento y el gabinete municipal volvieron a sus tareas al empezar el nuevo año. Los comerciantes, los banqueros y los hacendados que se codearon con Torres regresaron a sus actividades sin darle mayor importancia al incidente. Los periodistas dejaron una que otra constancia sobre aquella memorable visita y al otro día de la liberación de Jaime retomaron sus noticias sobre las pugnas entre godos y cachiporros.
 
Aparte de las indagaciones del juez a Torres, no hubo juicios políticos y mucho menos investigaciones de la Contraloría o la Procuraduría, como se estila ahora hasta para la caída de una uña. Todo volvió a la tradicional modorra neivana. Sólo un joven abogado llamado Guillermo Plazas Alcid, que por ese entonces sacaba un periódico cada vez que podía, dejó una constancia histórica en la que señala que esa semana de bobería no fue de todos los huilenses sino de un minúsculo grupo de la crema y nata de Neiva: «El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social».

Llama la atención que medio siglo después de este hecho visto como una simple anécdota provinciana o una pintoresca historia urbana no se hayan realizado estudios o debates que contribuyan a la autocrítica y al análisis social. Todavía es hora de que las universidades locales ―que pululan por todo lado y gradúan profesionales en proporciones industriales― promuevan trabajos académicos desde la Antropología, la Sociología, el Derecho, las Artes o la Comunicación. Qué bueno sería tener tesis y monografías de grado sobre la actitud de los protagonistas, el resentimiento de los marginados del festín, la indignación de la gente del común, las conductas indebidas o no de homenajeado y aduladores. También sería un gran aporte a la memoria llevar a la escena teatral, con nuevos elementos, aquellos días trepidantes. De la misma manera, sería interesante la reconstrucción periodística a partir de la tenue investigación judicial, los registros de los periódicos nacionales y la voz de los pocos testigos que sobreviven. Como se puede ver, hay mucha tela de dónde cortar, distinta de la seda para los saris que el señor Embajador les ofreció «a muchas damas de Neiva».
 
 Mientras esos estudios aparecen, es imprescindible mencionar el más valioso de todos los testimonios de entonces. Se trata de El Embajador, formidable crónica sanjuanera de Jorge Villamil Cordovez que al ser interpretada por los irreverentes Emeterio y Felipe, amplificó el escándalo y dejó vivo en el chip colectivo la constancia histórica de que el humillante arribismo prohijado por unos pocos, trastocado injustamente en una estupidez regional, nunca debe repetirse ni transmitirse a otras generaciones. Gracias a la obra de Villamil aquel momento no quedó sepultado para siempre en el olvido tal como pretendían quienes destruyeron las pruebas, se escondieron y tragaron su vergüenza.    

    Ya en la parte musical y folclórica ―independiente del debate sociológico, ético y político― es encomiable el matiz diferente que los siempre recordados Jorge y Lizardo le dieron a la canción para convertirla en éxito rotundo del San Pedro de 1963 y tema preferido por los colombianos de todas las regiones. Dos aspectos adicionales para destacar de su versión: la introducción con un sitâr, instrumento típico de la India emparentado con el laúd y cuyas cinco cuerdas producen un sonido muy particular, y el simpático diálogo entre el Embajador y un opita en el que Neiva y Garzón aparecen con las pintorescas denominaciones anglicadas de Neivayork y Garzonville.

Además de la genial versión de Villamil y Los Tolimenses ―sin duda, el principal aporte histórico del caso― hay otras versiones destacadas del canto inicial. Una de las primeras la hizo en merengue, pero sin letra, el famoso Sexteto Daro (1964). Junto con la producción de la película dirigida por Mario Ribero en 1986 se conoció la interpretación, con cierto toque de rajaleña, de Ulises Charry y su grupo folclórico Aires de Peñablanca. Al año siguiente, para conmemorar los 25 años de la 'visita' de Shri Lacshama Dharhamdahaj, salió al mercado De San Pedro en el Huila con el Embajador de la India, elepé del dueto Víctor y Daniel, producido por el mismo Villamil con Ramiro Chávarro Vargas.

Daniel Samper Pizano y Bernardo Romero Pereiro también adaptaron en 1989 dos capítulos de la popular comedia de televisión Dejémonos de vainas para recordar las peripecias de Torres y en 2001, el productor radial  Rito Polo Lozada y la orquesta La Bomba montaron una novedosa propuesta al mezclar el acordeón con una banda de pueblo para recordar al 'diplomático' y sus anfitriones. Poco después, Fernando Tafur hizo una magnífica interpretación con el acompañamiento de un pichinche y más recientemente, se conoció el ingenioso montaje en rock de Yersinia Pestis, una banda  integrada por jóvenes rockeros de la Universidad Surcolombiana.
 
 
Los 25 años de «la llegada de la India de un supuesto
Embajador», fue celebrada por Jorge Villamil, Ramiro Chávarro
y el dueto Víctor y Daniel con la publicación de este elepé. 
En la carátula (1997), aparece Hugo Gómez, el actor que un año
atrás protagonizó la película El Embajador de la India.
 
 ¿Y qué paso con Torres Holguín? Poco después del arrollador éxito de El Embajador le escribió a Villamil para darle las gracias por inmortalizarlo en el sanjuanero. Por su correspondencia se supo que fue un hábil comerciante en la costa Caribe colombiana de donde pasó a San Juan de Puerto Rico y luego a Miami. En sus últimos años se residenció en New Haven, Connecticut, Estados Unidos, donde se destacó como empresario e impulsor de importantes obras sociales. Allí murió de un infarto cardíaco a finales de la década del 80. Sus cenizas fueron repatriadas por su esposa e hijos a comienzos de los años 90 y enterradas en un cementerio de Neiva.
 
    En 1986 las peripecias de este personaje que se burló de la ingenuidad de un grupo de neivanos fueron llevadas a la pantalla grande por Mario Ribero y el productor laboyano Abelardo Quintero en una de las mejores producciones del cine nacional financiada por Focine. Esta película protagonizada por un gran artista como Hugo Gómez y en la que participaron varios actores  naturales de Neiva, no podía tener otro nombre distinto a El embajador de la India. 

Desde aquel diciembre de 1962 ―¡la bicoca de hace medio siglo!― se dice que el karma que consume a los gobernadores del Huila no está en el exiguo presupuesto oficial ni en la marca registrada de su proverbial abulia, sino en la presencia de un verdadero embajador. Por eso, cuando se anuncia la visita del representante de algún gobierno extranjero, el gobernador de turno no duda en responder: «Díganle que coma mierda».


 
Fuentes:

Noticias publicadas por Vicente Silva Falla en El Espectador.
Entrevistas con Jorge Villamil  Cordovez y Lizardo Díaz Muñoz.
Crónica Los cinco días con Embajador de la india. Sensacional aventura de un seminarista extraviado, de Víctor Cortés Castro.


 
 
El Embajador
Sanjuanero
Compositor: Jorge Villamil Cordovez
 
Señores, voy a contarles lo que en Neiva sucedió,
señores, voy a contarles lo que en Neiva sucedió
que ha llegado de la India de un supuesto Embajador,
que ha llegado de la India de un supuesto Embajador.

 
Por todas partes practican el yoga y genuflexión,
los Ferros y los Solanos y el señor gobernador.
Calcuta, Calcuta, ahí vuelve el Embajador,
Sumatra, Sumatra, contesta el gobernador.
 
A don Oliverio Lara el buey apis le vendió,
a don Oliverio Lara el buey apis le vendió,
pa’ servir en Trapichito como gran reproductor,
pa’ servir en Trapichito como gran reproductor.

 
Y como si fuera poco entre honores militares
Pepe Rivas lo llevó al casino de oficiales.
Calcuta, Calcuta, ahí vuelve el embajador
Sumatra, Sumatra, contesta el Gobernador.

 
De Neivapur a Calcuta, de Bombay hasta Garzón,
de Neivapur a Calcuta, de Bombay hasta Garzón,
volaba El loro Jiménez por contrato que firmó
volaba El loro Jiménez por contrato que firmó.

 
Calcuta, Calcuta... Ahí vuelve el embajador,
Sumatra, Sumatra, contesta el gobernador.

 
A muchas damas de Neiva las medidas les tomó
para enviarles de la India el traje de la nación.
Calcuta, Calcuta, ahí vuelve el Embajador
Sumatra, Sumatra, contesta el gobernador

 
Al gran Cavicas García la camisa le estrenó,
y el anillo de los Villoria el Sapo le regaló
Aldíchar, el gran amigo, elefantes compraría
y Vargas Mesa marchaba a estudiar lavandería.
 
 
Calcuta, Calcuta, ahí vuelve el Embajador
Sumatra, Sumatra, contesta el gobernador

 
Quesillos y más quesillos, quesillos de Puerto Seco
quesillos y más quesillos, quesillos de Puerto Seco
le enseñaba Adán Gutiérrez al Embajador a hacerlos
le enseñaba Adán Gutiérrez al Embajador a hacerlos.
 
Y aquí termina la historia del supuesto Embajador
y aquí termina la historia del supuesto Embajador
antiguo seminarista de la ciudad de Garzón,
antiguo seminarista de la ciudad de Garzón.
 
Calcuta, Calcuta, ahí vuelve el embajador
Sumatra, la sutra, contesta el Gobernador.