viernes, 7 de agosto de 2015

Las tierras del yariseño

  Después de muchos (muchísimos años), regresé con un grupo de colegas a las tierras de San Vicente de Caguán para producir un documental de televisión sobre su fiesta más popular: el Baile del Yariseño, una colorida mezcla de bambuco, joropo y pasillo que lo sanvicentunos adoran como una reliquia.

 

Se trata de una coreografía montada con base en El yariseño, un joropo llaneo compuesto por Jorge Villamil Cordovez a mediados de los años 60 cuando en Colombia se despertó una especie de fiebre segregacionista de diversas regiones que deseaban romper para siempre con el colonialista centralismo de algunas capitales. Por todas partes surgieron comités cívicos y políticos dedicados solamente a promover ante el Congreso y el Gobierno la creación de nuevos departamentos e intendencias. Fruto de esas 'gestas' descentralizadoras surgieron La Guajira, Cesar, Sucre, Risaralda, Quindío y Caldas. 



En Caquetá, que era de inferior categoría administrativa por ser apenas una intendencia, surgió un comité pro comisaría del Yarí, del cual San Vicente del Caguán sería su capital. Sin embargo, su sueño se frustró por intereses políticos y, porque a decir verdad, a los gobiernos nacionales, a la academia y al empresariado nunca les ha importado una tierra rica y generosa formada a punta de hacha, machete y tesón por modestos colonizadores huilenses, tolimenses, cundinamarqueses y llaneros.


En una de esas tantas reuniones organizadas por los yariseños por quitarse el 'yugo' florenciano estuvo el maestro Jorge Villamil Cordovez, quien por entonces tenía su hacienda Alejandría en predios de El Pato, que está en jurisdicción de San Vicente del Caguán. Luego de discursos, declaraciones firmadas, compromisos políticos que nunca se cumplieron y de mil promesas que poco después quedaron enterradas en la selva de la burocracia, la reunión concluyó en una parranda ya que los invitados de Neiva y Bogotá no pudieron regresar porque el único avión de Taxi Aéreo Opita -TAO-, que viajaba una vez a la semana hasta esa población, se quedó varado en el aeropuerto por la falta de un repuesto que solo se encontraba en Bogotá. 


En medio de chistes, leyendas de la selva, comentarios políticos y mucho aguardiente, un cura italiano de la Consolata, el padre Mateo Gritti, apareció con una guitarra y obligó a Villamil, casi a la fuerza, a componer una himno a la región para utilizarlo como emblema musical de la independencia yariseña. 


Como en otras ocasiones, el ya renombrado artista se negó, pero al final, envalentonado con unos cuatro aguardientes, inventó en un dos por tres un joropo llanero que pinta con asombroso realismo el paisaje natural de selva y de llanura y rinde homenaje a quienes se atrevieron a descuajar montaña para sembrar progreso en una zona por siempre abanadonada de la modernidad.
   

 San Vicente y otros pueblos del Yarí (que limita con Meta, Huila y Putumayo), se quedaron viendo un chispero porque su proyecto fracasó y pasó a engrosar las leyenda locales, como aquellas que relatan las tropelías de los caucheros y las aventuras de comerciantes de quina que en el siglo XIX y gran parte del XX extrajeron sus riquezas y sembraron violencia. 

La canción de Villamil fue grabada por Los Tolimenses poco después y luego los sanvicentunos la declararon su himno folclórico y hasta le montaron una hermosa coreografía que se debe a dos abnegadas educadoras, Nelly Perdomo de Falla y Myriam de Campos. Niños y jóvenes la bailan con devoción; chicos y grandes la cantan con emoción y artesanas del pueblo elaboran a mano trajes para hombres y mujeres que muestran las cosas bellas de allá: aves, peces, ganado, paisaje y la sencillez de miles de personas nacidas y criadas valientemente en medio de la adversidad.



Por supuesto, no se puede desconocer el gigantesco aporte a la educación, la cultura, la religiosidad y la reconciliación de los sacerdotes italianos de la Consolata. Comparto unas pocas fotos de nuestro gran grupo de trabajo, de paisajes y de gente valiosa injustamente incomprendida y estigmatizada por décadas. Por ejemplo, hallamos en una vereda perdida a una pareja de esposos que en una pequeña camioneta llevan libros, teatro, videos y ejercicios lúdicos a niños campesinos que nunca han visto un texto o carecen de un televisor.


Allí también hay grupos de niños y jóvenes que bailan con preciosura danzas folclóricas regionales y de otras regiones del país, así como de otras naciones, sin haber salido nunca de sus casas. Hay músicos talentosos de 10 y 12 años y profesores comprometidos en ofrecerles a las nuevas generaciones una alternativa muy diferente a las armas y la raspadura de coca.


Los paisajes son formidables e impactantes, la vegetación es de un verde rotundo, los cielos una mixtura de azules y blancos que de un momento a otro regalan aguaceros fenomenales que parecieran anunciar el diluvio universal. Allí se observan guacamayas gigantes de mil colores que solo se ven en los afiches promocionales de las compañías de turismo, toros monumentales que caminan dormidos, pájaros diostedé (yátaros o tucanes) que en un santiamén te rapan tu porción de arazá, cascadas que invitan a quedarse por siempre y un calor humano expresado en atenciones, música, la cadencia de su baile y una tímida despedida que compromete por siempre: "¿cuando vuelve?"


Al observar con admiración el trabajo cultural de los jóvenes del Caguán  y de todos los amigos de los Llanos del Yarí, sin otros recursos diferentes a una infinita vocación amorosa por su tierra, lo menos que puede decirles un periodista que ha recorrido Colombia disfrutando su cultura popular es: ¡Siempre estaré con ustedes!

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