jueves, 29 de noviembre de 2012

El verdadero gestor del Himno Nacional de Colombia

A propósito de la conmemoración del Día de la Independencia, la Batalla de Boyacá y la Independencia de Cartagena, una crónica sobre un modesto artista bogotano que convenció a Oreste Sindici para que le pusiera música a unos viejos versos patrióticos escritos por el entonces presidente Rafael Núñez.

 
Partitura original del himno
conservada en el Museo
Nacional de Colombia.

Por Vicente Silva Vargas

 
 Desde 1887 todos los méritos sobre la autoría del Himno Nacional de Colombia han sido para Rafael Núñez Moledo y Oreste Síndici. Pero esa «gloria inmarcesible» tuvo un protagonista clave ¿el más importante?― y de quien la Historia convencional nada se ha preocupado puesto que a duras penas aparece citado entre bastidores: José Domingo Torres. De él se sabe que era un bogotano apasionado por el teatro, la poesía y la música, sobre todo las serenatas, género en el que no se ha podido precisar si era compositor cantante, ejecutante del tiple, intérprete de la guitarra o, como dice la picaresca Caribe, un ruidoso ‘ayhombero’.
 
En esos tiempos en los que no había ministerio ni secretarías de cultura y mucho menos industrias culturales, el montaje de cualquier evento era lo más parecido a una izada de bandera escolar. En este campo, cuenta el historiador Miguel Aguilera en su Breve reseña histórica del Himno Nacional colombiano (Boletín de Historia y Antigüedades, vol. 28, 1941), José Domingo no descansaba ningún día porque desde mucho antes del seis de enero ya estaba embalado buscando actores naturales para representar a los reyes magos y convirtiendo burros en camellos. Luego seguía con Semana Santa, las fiestas parroquiales y el Veinte de Julio, celebración en la que representaba tan crudamente el combate a trompadas entre chapetones y criollos que muchos de los asistentes tomaban en serio el montaje y la emprendían contra los actores que hacían las veces de 'chapetones'. Su intenso año también incluía sainetes, operas y zarzuelas en tablados, conciertos de música religiosa, retretas con ‘chupacobres’, sesiones de poesía y la novena de Navidad con santos petrificados por el libreto, pastores con barbas de algodón y ángeles colgados de las nalgas.
 
Eventos religiosos y cívicos como la conmemoración del Veinte
de Julio eran organizados en Bogotá por José Domingo Torres.
(Foto del libro Historia de la música en Santafé y Bogotá).

En sus quehaceres por la pequeña y clasista Bogotá de entonces donde valses, polkas, mazurcas y pasillos eran los bailes de las clases altas mientras el bambuco estaba relegado al populacho José Domingo se percató de que Colombia no tenía un himno verdaderamente nacional pese a las buenas intenciones de poetas, músicos y políticos colombianos y extranjeros, incluido el propio presidente Núñez que en 1880 convocó un concurso con ese fin y que  terminó en un rotundo fracaso porque según el jurado escogido por el Gobierno las obras presentadas no tenían buena calidad poética y musical. 
 
Tertulias de poesía, música y baile eran frecuentes en la clase alta de la
Bogotá de mediados y finales del siglo XIX. (Foto del libro
Pedro Morales Pino, la gloria recobrada).

Según cuenta el músico Andrés Martínez Montoya en su libro Reseña histórica sobre la música de Colombia, desde la época de la Colonia hasta la fundación de la Academia Nacional de Música (Anuario de la Academia de Bellas Artes de Colombia, vol. 1, 1932), antes de 1887 hubo no menos de seis himnos patrióticos. Entre ellos cita el del español Francisco Villalba (1836), uno de Enrique Price (1847), otro de Joaquín Guarín (1849) y varios poemas de Martín Lleras, Santiago y Lázaro Pérez, Julio Arboleda, José María Samper, José Pinzón Rico y Manuel Madiedo musicalizados por Ignacio Figueroa (1873). Otros himnos fueron compuestos por el holandés Carlos Van Oecken con letra del poeta Lino de Pombo (1873) y una elegía de  Daniel Figueroa y Jesús Flórez (1883) a Simón Bolívar. En concepto de Torres todos los intentos se habían frustrado porque la música era muy aburrida para el común de la gente o la letra no 'pegaba' en el mero pueblo por estar hecha para un alto nivel intelectual propio de los poetas que dominaban el ambiente cultural. Por eso, su obsesión era buscar una obra nueva que dejara a todos contentos, es decir a la élite, el Gobierno y a la población.

Su afán creció a comienzos de 1887 cuando se propuso celebrar con toda pompa el aniversario 76 de la independencia de Cartagena y de paso, lisonjear al mandatario y su segunda esposa, Soledad Román, cartageneros de pura cepa. Lo primero que hizo fue desempolvar el Himno patriótico, un poema escrito por Núñez en 1850, publicado inicialmente en el periódico La Democracia cuando era secretario de Gobierno de la Provincia de Cartagena y corregido por él en la revista Hebdomadaria (núm. 3 y 4), de julio de 1883, año en el que ya era una caudillo aclamado y detestado. Con los versos actualizados, José Domingo buscó a Oreste Síndici, el más reputado artista de entonces, para que «les pusiera música a los versos del doctor Núñez», pero el italiano le mandó a decir que estaba muy ocupado con sus clases de música en colegios y escuelas y la interpretación de música religiosa en los templos de La Candelaria.  Sin embargo, hay quienes sostienen que Sindici ―modesto cantante de opera que se quedó anclado en Bogotá debido a la quiebra de la compañía italiana con la que había llegado― no le paró bolas a Torres quizás porque muchos lo veían como un artista ‘populachero’ mientras que la élite santafereña no lo rebajaba de ‘lagarto’ con ánimo de figuración. Tal vez por ese desprecio tan particularmente odioso de los cachacos rancios, el citado Aguilera decía de él que «Poseía gracioso temperamento cómico».
 
Oreste Sindici, ya con la aureola como autor de la música del himno.
(Foto de la Gran Enciclopedia de Colombia).
 
José Domingo ―fanático de Núñez hasta el punto de guardar en un cartapacio todos los escritos, discursos y poemas del hombre que por esos días estaba en el curubito de su carrera pues aparte de haber sido elegido en tres oportunidades y estaba listo para un cuarto período, acaba de imponer la Constitución que rigió durante más de un siglo― le hizo varios lances a Síndici para que transformara en partitura los versos que a él le parecían embriagadores. Aunque el músico siempre lo evadió sacándole disculpas absurdas, Torres no desmayó y lo acosó hasta el cansancio durante varios meses. Al ver que sus esfuerzos directos no daban resultado, el hombre que podría calificarse de precursor de la gestión cultural en Colombia, cambió de estrategia ganándose la amistad de la esposa del músico, Justina Jannaut, quien en pocos días ablandó a su rogado marido y lo convenció de la necesidad de musicalizar el himno. Lo que nadie supo es si el artista nacido en Ceccano lo hizo por convicción musical, para quedar bien con Núñez o simplemente para quitarse de encima el doble sirirí de Torres y su mujer.
 
Rafael Núñez con el poeta Rafael Pombo.
(Foto de la Gran Enciclopedia de Colombia).
 
En todo caso, el viejo cantante empacó un armonio Dolt Graziano Tubi y se refugió en su finca de Nilo, Cundinamarca, para darle vida musical a las doce estrofas ―incluida como tal el coro con el que comienza el himno― escritas por Núñez 37 años atrás, ajustadas por él mismo poco después y, al parecer, reacomodadas a petición de Síndici poco antes del estreno. Según el profesor Germán Herrera Jiménez, autor del portal Literatura costumbrista colombiana, a mediados de julio de 1887 Oreste terminó su trabajo y el domingo 24 lo dejó escuchar por primera vez a una escasa concurrencia debajo de un árbol de tamarindo en la plaza principal de Nilo y de inmediato regresó a Bogotá para compartirles a sus amigos y claro, a Torres, la buena nueva: la composición de una marcha con tonalidad en mi bemol mayor y compás de cuatro tiempos. Así figura en la partitura original que reposa en el Museo Nacional.
 

 
 En los días siguientes el italiano ―que en realidad se llamaba Joaquín Atilius Agustus Orestes Theopistus Melchor Síndici Topay― se dedicó a escribir las partituras, preparar la orquesta y ensayar los coros mientras que José Domingo empezó el frenético montaje del escenario y la parafernalia propia de un proyecto que, según  sus planes, debía consagrarlo de por vida y dejarlo muy bien plantado con su admirado Regenerador. No obstante, un respetable historiador como el muy conservador Eduardo Lemaitre, admirador de Núñez, pone en duda que éste no estuviera enterado de las diligencias de Torres. En un artículo publicado en 1982 por El Tiempo, el también cartagenero Lemaitre afirma:

«¿...influyó Núñez de alguna manera sobre el acucioso señor Torres para que se tomara el trabajo de desenterrar su antiguo himno patriótico y llevárselo al italiano Sindici, convencerlo de que le pusiera música y armar más tarde todo el tinglado del estreno en el teatro Variedades y de la serenata sorpresiva a la familia presidencial, etc.? Todo esto es probable. Basta conocer el corazón humano, para admitir la posibilidad de que Núñez, que acababa de salir triunfante de una guerra civil y se hallaba en el cenit de su gloria, cayera en la tentación de aprovecharse de las influencias que irradia el poder para poner a funcionar de trasmano al obsecuente don Domingo Torres y armar por intermedio de este toda la tramoya del himno y de su sorpresiva aparición; a mí personalmente esta teoría me seduce, porque me parece muy humana y hasta divertida».

  
Armonio en el que se interpretó por primera vez el Himno Nacional.
(Foto Alcaldía de Nilo, Cundinamarca).
 
 Los registros de la época dicen que los tres días de fiestas comenzaron el jueves 10 de noviembre con «asombrosos fuegos artificiales» y se prolongaron hasta el sábado 12 con alborada, salvas de artillería, marcha militar por las principales calles de la capital, Te Deum en la catedral, retreta con banda de vientos en la Plaza de Bolívar, parada militar, banquete en el Palacio de San Carlos, concierto de música culta y el estreno del Himno patriótico que tanto había desvelado a Torres. Pero antes de su clamorosa inauguración, además del acto de Nilo, hubo otros dos eventos que pueden considerarse el pre-estreno de la obra. El primero de ellos, en la mañana del 11, estuvo a cargo de un coro de niños de las escuelas del barrio La Catedral dirigido por el propio Oreste. El acto fue tan comentado que ese mismo día el presidente le pidió al tenor italiano que le presentara personalmente el himno no ya con coros infantiles sino con artistas de verdad acompañados por una orquesta de profesionales. Según cuenta Aguilera «Numeroso grupo de artistas se instaló en el más amplio salón del Palacio, y ejecutó con calor y exactitud la preciosa obra. Aplausos a romper manos premiaron la creación musical».   

Esa misma noche del viernes, en el improvisado Teatro Variedades ―en realidad una escuela pública ubicada en inmediaciones del Observatorio Astronómico, el convento de Santa Clara y la actual Casa de Nariño― la obra fue inaugurada con una solemnidad inusual. Como era de suponer, el selecto público «arrobado en emoción patriótica», aplaudió por largos minutos al poeta-presidente, agotó los calificativos para el virtuoso musical, elogió a la orquesta de corte operático y exaltó las voces de los coristas que jamás pensaron en pasar a la historia. En medio de tanto alborozo y lambonería, nadie destacó la gestión de José Domingo, ni siquiera los periódicos que en la pacata Bogotá de aquellos años proliferaban tanto como las chicherías y las fábricas de cerveza.
 
Registro de la programación del Once de Noviembre de 1887 en Bogotá.
(Foto del libro Breve historia del Himno Nacional).

El éxito fue total y obligó al Ejecutivo a organizar por su cuenta una fastuosa ceremonia para inaugurar oficialmente no un Himno patriótico cualquiera, como se le llamó en un principio, sino el Himno Nacional interpretado «a grande orquesta, 25 voces». Fue el martes 6 de diciembre de 1887, esta vez con invitación especial para ministros, congresistas, altos dignatarios del gobierno, mandos militares, embajadores, cónsules, comerciantes y banqueros. Según el protocolo, los señores estaban obligados a vestir sacoleva y las señoras debían lucir traje de ocasión. La tarjeta, lacrada, escrita en elegante caligrafía y enviada por el ministro de Gobierno, Felipe Paúl, decía:

  «El ministro de Gobierno saluda a Ud. muy atentamente y tiene el honor de remitirle adjuntas dos boletas de entrada al Concierto que en la noche del 6 del presente tendrá lugar en el Salón de Grados, con el objeto de estrenar un Himno Nacional. La función principia a las nueve. Bogotá, diciembre de 1887».

 Aquella noche  cayó sobre Bogotá un aguacero torrencial  que no impidió el llano total del Salón de Grados del Palacio de San Carlos ―en la calle 10, donde hoy queda el Museo de Arte Colonial― donde volvieron a deslumbrar las estrellas de un mes atrás: el presidente, doña 'Sola', Sindici, la señora Justina, la orquesta y el coro. A la hora de los elogios que la injusta posteridad convirtió en gloria exclusiva para Núñez y Oreste, tal como sucedió en el Teatro Variedades, ninguna personalidad le agradeció públicamente a Torres su abnegada tarea de armar las múltiples piezas de un rompecabezas.
 
En las inmediaciones del Observatorio
astronómico de Bogotá se estrenó el himno
de Núñez, Sindici y Torres

 Los historiadores, las academias y mucho menos los gobiernos, tampoco le han reconocido nada a José Domingo, el precursor de una actividad honorífica y gratuita en ese entonces  y por tanto, injusta y desagradecida. Hoy, guardadas las proporciones históricas, culturales y económicas, él sería un sinónimo de 'productor musical’, ‘director artístico’ o ‘gestor cultural’, algo más o menos parecido a la tarea de talentosos como Fernán Martínez, José Gaviria o Fanny Mikey. De Torres no se conocen retratos, grabados o escritos. Tampoco se sabe con exactitud cuándo y donde nació, en qué fecha murió ni en qué parte reposan sus restos y si hay descendientes que puedan sacar la cara por su nombre. A cuenta gotas, escarbando entre libros con olor a guardado y periódicos enmohecidos, ya sabemos algo de su obstinación para lograr que una nación fraccionada por los odios entre conservadores y radicales, la persecución religiosa y la discriminación hacia los pobres, tuviera un elemento unificador que la  identificara ante el mundo.

El sueño de tener por fin un himno propio después de tantos fracasos se le debe fundamentalmente a José Domingo, el hombre orquesta nada elogiado y tan poco reconocido y, en segunda instancia, al innegable talento musical del negligente Síndici y al propio Núñez que gracias a unas estrofas de dudosa calidad poética pudo sumar más puntos a su  «júbilo inmortal». Desde luego, tampoco se puede desconocer la aceptación general que tuvo la obra entre el público porque sin su aprobación, su existencia habría sido tan efímera como la de otros cantos que naufragaron en el desprecio bogotano.

Tumba del compositor colombo-italiano Oreste Síndici
en el Cementerio Central de Bogotá.

Fueron necesarios 33 años para que el poema musicalizado fuera declarado símbolo oficial mediante la Ley 33 de 1920 sancionada el 28 de octubre de ese año por el presidente conservador Marco Fidel Suárez. En 1946 ―26 años más tarde― el himno, tal como se conoce hoy, adquirió un mayor aire marcial al ser transcrito para orquesta sinfónica por el músico nortesantandereano José Rozo Contreras. Este cambio fue oficializado por el Decreto 1963 de ese año firmado por el presidente Alberto Lleras Camargo y su ministro de Educación, Germán Arciniegas.
 
Aunque ha pasado más de un siglo, es hora de que la nueva historiografía colombiana, la academia y los medios de comunicación ―más preocupados por la ‘bajada de caña’ del diario The Telegraph, el ‘ublime’ de la estrella Shakira en la Cumbre de las Américas en 2012, la embarrada del cantante Fonseca antes de un partido de fútbol en 2013 y el rencauche de la sexta estrofa propuesto por el senador Iván Clavijo― tengan una mirada más amplia sobre José Domingo Torres.

Gracias a este hombre intenso, creativo, sin apellidos de campanillas, existe un Himno Nacional, no importa que para unos sea 'el segundo más lindo del mundo', para otros un memorable recorrido musical por la historia colombiana y para algunos más, un esperpento poético. Cualquiera que sea el concepto, no es justo que una de las pocas reseñas de prensa de finales del siglo sobre el autor de esta 'lagartada' sea tan sombría: «Murió pobre y enfermo siendo un modesto portero del Ministerio de Hacienda».



En los enlaces (links) puede ampliarse la información respectiva.

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