Por Vicente Silva Vargas
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En esta zona del Macizo colombiano hay alturas de más de 4.500 metros. |
— De aquí para abajo la carretera es más estrecha, solo cabe
un carro, hay montañas a lado y lado y los abismos no tienen fondo, gruñó un sargento
de la Policía cuando le preguntamos cómo era la vía a Sibundoy.
Sin dar más explicaciones, el policía se refugió en un cambuche
que hacía las veces de garita y, como si nos viera partir hacia un destino sin
final, se despidió levantando uno de sus pulgares.
En el trayecto, reburujados en una camioneta, con equipos de
televisión empacados para protegerlos de la polvareda y sin conocer nada del
terreno, empezamos un lento descenso por entre curvas tan cerradas —de más de
90 grados— que no permitían ver la cercanía de los precipicios. En marcha, era
imposible prever una caída libre a gargantas montañosas profundas, de cientos
de metros, cubiertas por árboles gigantescos y vegetación exuberante. En
cualquier momento, en uno de esos giros sin salida, también era probable un choque
de frente con buses cargados de pasajeros o camiones repletos de mercancías que
en un santiamén pueden mandar por los despeñaderos a otros carros o, en el peor
de los casos, caer ambos a las profundidades de donde la única manera de salir
es en el registro necrológico de la accidentalidad colombiana.
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Los avisos y advertencias son parte del paisaje de la carretera. |
Si no fuera por los vehículos de hoy, manejados por héroes
del volante, se podría decir que son caminos de tiempos coloniales, llenos de avisos
inútiles del Ministerio de Transporte, infinidad de curvas, tramos
serpenteantes que se pierden entre rocas colosales y espacios de menos de dos
metros en los que no caben dos carros. «Aquí las nubes en ningún momento abandonan
a los viajeros y las cordilleras se estiran hasta el cielo para vigilar todo a
su alrededor», nos dijo Juvenala, la vendedora de una tienda de madera colgada al
borde de un peñasco. Y tenía razón porque a lo largo de los 81 kilómetros entre
Mocoa y Sibundoy, intempestivamente, emergen tapices verdemar que huelen a
naturaleza virgen, caen cascadas de agua refrescante que se estrellan contra
las peñas y, de vez en cuando, aparecen grandes y pequeñas aves que con sus cabriolas
desafían la imponencia de las moles del Macizo colombiano.
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A lo largo del trayecto son frecuentes los derrumbes y deslizamientos. |
Kilómetros más abajo, llegando al pueblo de San Francisco,
un campesino, quizá al ver nuestras caras de pavor, pretendió calmarnos diciendo
que la distancia restante a la tierra de los indígenas kaemtzá, era la más suave
de todo el recorrido. «De aquí para bajo ya no hay problema, tan solo es un
pedazo destapado y los abismos no dan miedo. ¡Eso es pura imaginación!», afirmó
con toda tranquilidad mientras arriaba cuatro vacas que se apoderaron del
remedo de carretera. Un día después de su apacible tranquilizadora opinión, justo
por donde caminaban las reses, un taxi y una camioneta se desabarrancaron.
Cinco personas murieron y otras tres quedaron gravemente heridas.
Otra tierra olvidada
Antes que absurdo, es injusto que a estas altura —mientras muchos
se vanaglorian de la supuesta entrada a la modernidad porque se construyeron unas
modestas carreteras 4G— a unos cuantos kilómetros de la indolente Bogotá,
cientos de miles de compatriotas todos los días tienen que viajar con el credo
en la boca. Por algo se ha dicho que la carretera Pasto-Mocoa (el tramo hasta Sibundoy
está en ella) es tal vez la más ‘peligrosa de Colombia’ no solo por su infernal
trazado sino por las altas cifras de accidentalidad reportadas con frecuencia,
pero ignoradas por la élites burocráticas quizá porque esas tierras sureñas no
son un buen fortín politiquero. En realidad, el calificativo de ‘peligrosa’ es
un piropo pues medios de comunicación prestigiosos como National Geographic
Channel fueron más lejos y la incluyeron en su escalofriante serie Carreteras infernales. En la serie
documental esta vía compartió dudosos honores con otros caminos asesinos de
Perú, China, India, Canadá, Alaska y otros lugares del mundo.
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Son escasos los lugares en los que hay espacio para ceder el paso a otros vehículos. |
Desde luego, lo más valioso de un viaje al Alto Putumayo, en
donde hay picos montañosos con más de 4.000 metros de altura, es la gran
simpatía de sus gentes —desde los colonos hasta los indígenas— quienes con orgullo,
pese al olvido y al oprobioso tratamiento de ciudadanos de tercera categoría,
se jactan de ser colombianos auténticos. Ellos, ya sean de Putumayo, Nariño,
Cauca y Huila, vibran con sus músicas, gozan sus danzas hasta el cansancio, se
precian del canturrear de su acento y hasta convirtieron en sello de identidad la
impotencia de no poder hacer nada contra el centralismo y la marginalidad. Sin
duda, como lo dijo Pastora Juajibioy Chindoy, mama gobernadora de los kaemtzá, «esta
carretera es otra forma de discriminación, tan infame como la discriminación
que padecemos desde los tiempos de los conquistadores».
Vea el video hecho en un tramo de la carretera Sibundoy-Mocoa
El regreso de Sibundoy a Bogotá, por la misma vía, en medio
de una llovizna constante que transformó el piso de herradura en una mesa
jabonosa, fue en peores condiciones que el viaje de ida, con los mismos
protagonistas y el irrepetible paisaje de montañas que parecen tocar al
visitante, como si quisieran atraparlo. Toda esta experiencia sufrida toda la
vida por colombianos ignorados, quedó en el recuerdo y en unas cuantas
fotografías y videos personales. Ya en la capital, aun con la sensación del trepidante
viaje recorriendo los huesos, nos enteramos que el lugar donde el campesino
Epaminondas paseaba sus vacas, el mismo por donde se desabarrancaron dos
carros, tiene un nombre perverso: ‘Trampolín de la muerte’.